La Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria, ha sido el afortunado escenario de la presentación de una nueva obra de arte en forma de cuadro anunciador realizado por Nuria Barrera, una de las referencias esenciales de la cartelería religiosa contemporánea, cuya incostestable creatividad lleva inundando con indiscutible éxito los cuatro puntos cardinales de la geografía cofrade con una rotundidad irrefutable. Y lo hace relevando en el privilegio a otro artista inmenso que ya dejó muestra del arte que emana de su pincel, César Ramírez, que conquistó tierras canarias hace ahora doce lunas.
Una creatividad que traspasa las fronteras de Andalucía para conquistar tierras canarias, por obra y gracia de una nueva joya de la artista carmonense, que ha ilustrado a Nuestra Señora del Carmen, la imagen lefítica que se venera en la parroquia a la que da nombre, con motivo de la celebración de las fiestas de la ciudad canaria. Un nuevo regalo que vuelve a potenciar la infinita sensibilidad con la que Nuria Barrera dota siempre a sus creaciones y que está protagonizado por el mítico azul Barrera, que cobra un especial protagonismo bañando metafóricamente a la Patrona de los marineros, y la Virgen y el Niño, que presiden el obra como no podía ser de otro modo, lejos de experimentos alegóricos que algunos, envueltos en la bandera del esnobismo más barato se afanan en aplaudir.
Un óleo a pincel y espátula, y grafito sobre tabla, lleno de mensaje y simbolismo realizada por una artista que, tal y como ha explicado en la presentación «viene desde una hermosa tierra en la que sus cielos azules son inconfundibles», y en el que tiene un lugar reservado «el color, la alegría y la devoción, todo ello reflejado en esas guirnaldas prendidas del cielo». Una obra en la que cielo y mar, mar y cielo, hacen un fondo del que Ella surge y nace del mar que guarda y en el que le rinden honores surcando sus aguas embarcaciones y en el que como símbolo fraternal y de unión de Ella con Sevilla, la artista ha prendido de la mano de la Virgen el escudo de la tierra de Maria Santisima.
Barrera vuelve a propiciar exactamente lo que busca, justo lo que pretende, lo que debe hacer y ser un cartel de estas características, sin más pretensión – ni falta que le hace- que ser un cuadro técnicamente impecable y artísticamente evocador, para anunciar un acontecimiento en el que la Virgen y su Hijo han de ser y son los únicos protagonistas, lejos de argumentos cada vez más sofisticados y superfluos tan de moda trístemente en los últimos tiempos. Una imagen en la que el niño, el joven o el anciano, que carece de conocimientos de arte, es perfectamente capaz de identificar sus más arraigadas tradiciones sin necesidad de que nadie le deba interpretar lo que está observando.
Una obra que huye de la polémica estéril de quienes crean un cartel que sólo entienden cuatro eruditos, buscando de soslayo una absurda controversia, para lograr relevancia por la adulación incondicional de quienes apoyan lo que apoyan, más por rechazo a quienes defienden el costumbrismo y la herencia inmutable transmitida de generación en generación, que por propia convicción en la aportación artística del pretendido concepto rompedor, y por la respuesta airada que despierta en quienes se aferran a la tradición y no están dispuestos a que sea erradicada por la imposición de un pensamiento único.
Hoy Barrera ha vuelto a demostrar que nada de eso hace falta para enardecer el sentimiento del espectador, para emocionar sin estridencias, para convencer con rotundidad, para abrir un hueco en el corazón de miles de afortunados que beben del venero inagotable de un mágico lenguaje, en el que descansa la memoria colectiva de forma de ser, de sentir y de pensar que algunos se empeñan en arrinconar, sin lograrlo en absoluto.





