Besando el cielo

Nunca antes un primer viernes de Cuaresma había sido tan especial. El Señor del Perdón ha cogido esa maravillosa costumbre de seguir impresionando con el paso de los años incluso a sus más fieles devotos. Una vez más, lo ha vuelto a hacer. Quien tenga la oportunidad de paladear su excelsa figura, su misterioso arte, quien pueda besar su mano y su amor, sabrá una vez más a qué sabe el cielo.

La ciencia de la verdad que siempre le rodea nos afirma la teoría de que con o sin circunstancias, el Señor siempre se nos presenta tan divino como humano, esa es la gran razón de Dios. Y solo tendrá uno que acercarse por la añeja y mártir Iglesia del Carmen, donde el amor divino empaña los sentimientos y las dudas del feligrés que se asoman al barranco del olvido.

Y así, besando el cielo, abrazando el paraíso, se nos muestra Dios con la túnica roja tan preciada que echo en falta cada Martes Santo. El Perdón de nuestra vida, la Misericordia en nuestra muerte, ayer, Dios y su Madre nos esperaban, aunque siempre seamos suyos. Motril y Dios, las mejoras cosas que tiene que decir, las dice siempre calladas, y eso no lo hace cualquiera. Cuando Él arrasa la calle de amor, uno sabe que ha besado el cielo.