«Calcular y deliberar»

Hoy el Evangelio es buen ejemplo de la enseñanza que nos ofrece Jesucristo, el mejor de los maestros, afirmando con radicalidad que quien no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo suyo. Por eso después de la parada estival, llega un nuevo Evangelium Solis a Gente de Paz.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Palabra del Señor

Seguir a Jesús es mucho más que admirarlo. La gente tiene ídolos: artistas, cantantes, futbolistas…, admira también a uno que otro personaje del mundo de la cultura, de la política o del arte, y a quienes entregan su vida por una causa noble. Pero son muy raros los que, por admirar a alguien, cambian su propia vida. Jesús no quiere admiradores, quiere seguidores que lo imiten. Ven y sígueme, dice.

Por eso no duda en dejar sentadas dos condiciones básicas para ser sus seguidores: la primera consiste en preferirlo a Él por encima de todo, incluso por encima de aquellos con quienes estamos ligados con vínculos profundísimos. Dice al respecto: «Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a posponer a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo». Jesús es claro, habla de “post-poner”; no dice reprimir, ni sofocar, ni ignorar los afectos, sino situarlos detrás, para vivirlos en Él y orientados a Él. Lo más hermoso que una persona puede hacer es cultivar sus afectos para amar en verdad, con ternura, atención y dedicación, sobre todo a la familia, y por eso hay un mandamiento de la ley de Dios que nos lo recuerda. Pero aun así, hay que preferir a Dios por encima de los seres queridos, que no pueden convertirse en un obstáculo para el cumplimiento de su voluntad.

La segunda condición que Jesús plantea al discípulo es la disponibilidad para cargar la cruz detrás de Él. Cargar con su cruz no significa añadir un peso más a las dificultades que trae la vida, ni puede interpretarse como provocarse y arrastrar dolores y pesares, sino asumir con coraje un estilo de vida coherente con los valores del evangelio y del reino de Dios, lo cual muchas veces puede llevarnos a obrar contra las propias tendencias opuestas y a aceptar las consecuencias de sacrificio y renuncia que eso nos puede traer. Y todo ello en virtud de una motivación íntima muy personal, querer seguir e imitar de alguna manera a nuestro Señor Jesucristo, autor y perfeccionador de la fe, el cual, por la alegría que esperaba, «soportó sin acobardarse la cruz, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios»

Por la alegría que esperaba, Jesús soportó la cruz sin acobardarse. No se trata, por tanto, de ensombrecerse la vida. Quien se determina a seguir a Jesús, comprobará que la vida no se le torna triste y sombría después de tanta renuncia y sacrificio, sino que su amor a Jesús y a su causa le permite experimentar el sentido y plenitud que la vida adquiere cuando está centrada en Dios. Sólo así uno percibe que Dios no rivaliza con nosotros ni nos hurta nada de lo que necesitamos para ser felices; Él sólo se opone a lo que nos daña o deshumaniza, nos da lo que necesitamos y no se deja ganar en generosidad.

Cuando uno se confía al amor del Señor y se determina a seguirlo como el valor supremo de su vida, comprueba que ese amor no le quita nada, sino que lo engrandece, lo hace desarrollarse y crecer hasta alcanzar aquella plenitud de realización que sólo en Dios se puede encontrar. Cristo ama nuestra vida y nos enseña a vivirla.

La consecuencia con que acaba Jesús su exhortación no puede ser más tajante, su traducción exacta sería ésta: «Así, pues, aquel de ustedes que no pone aparte todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo» . El auténtico discípulo sabe que sólo dejando de lado los bienes de la tierra, por grandes y atractivos que sean, podrá vivir la existencia plena que sólo Dios le puede dar.