En este Cruz de Guía que nos atañe, quiero alejarme del mundano mundo cofrade para canalizar mi humilde opinión en el seno de una reflexión profunda sobre el sentido de la figura de Jesús en nuestra sociedad.
Por ello he escogido una pequeña frase de un extracto del evangelio de Lucas que reza lo siguiente, «Jesucristo cambió al mundo y proveyó las condiciones para la salvación de todos los que deseen aprovechar dichas bendiciones mediante Su Evangelio». Y es que la irrefutable razón que sostiene esta oración, a la que muchos historiadores desean disipar tergiversando la epistemología y el estudio ordinario de la división de las edades de la Historia con respecto al nacimiento de Cristo, ha contribuido enormemente como principal Responsable de establecer los valores sociales y morales que han alimentado el ideario de las personas que copan este, cada vez, más degradado planeta que habitamos.
Sin más, la prestigiosa revista Time lo reconoció como la persona más influyente de la Historia. Jesús reveló el secreto más importante de la línea temporal, el amor, en el seno de un mundo que ya empezaba a dar visos de quebrantamiento similar a lo que hoy en día está aconteciendo. La necesidad de cambiar el mundo era indispensable y Cristo lo hizo para revocar la deriva a la que la antigua sociedad iba encaminada. El odio, las banalidades, la violencia y el miedo se superponían en aquella época en la que los fariseos dominaban a la colectividad tal y como los actuales dirigentes ejecutan su poder sobre el gentío.
El símil está servido para una sociedad muy parecida a aquella que poblaba la tierra hace más de 2.000 años, que ha recaído en la desidia y la obstinación fundamentada en pensamientos herméticos y salpicada de olvido con respecto a la Figura que sostuvo la idea de evolución hacia un mundo mejor.
Quizás los Cristianos hemos pecado de pardillos, dicho sea también. Hemos sido incapaces de contrarrestar el odio infundado del pensamiento maquiavélico de los integrantes del grupo criminal y elitista que domina el mundo y que mantiene su oscura mano sobre, cada vez, más mentes en la actualidad.
Porque como decía un gran economista sevillano, al que muchos desconoceréis, llamado Antonini, «el ser humano ha terminado por desacralizar a Dios para sacralizar a determinados seres humanos». Sí, porque el caso de los médicos es uno de ellos. Ante el desconocimiento de los estragos de una pandemia y el miedo avivado por las élites criminales, depositamos nuestro juicio en las figuras de personas- médicos- sumergidas en la tesitura de la desinformación, endiosándolas hasta tal punto de marginar socialmente a los detractores del pensamiento único-sanitario que promulgaban muchos de estos decálogos a seguir.
Terminamos por olvidarnos de la Verdad suprema. De la que trajo Él, Jesús de Nazaret, para abstraernos en la mediocridad y el sinsentido de una vida subyugada al pensamiento de unos pocos libres. La deriva es incontestable, solo el que cambió el mundo puede volver a hacerlo. Confiemos…





