El tiempo, ese juez implacable que todo lo pone en su sitio, nos sitúa hoy ante una encrucijada que no podemos seguir ignorando por más que nos duela el alma. Linares ha atravesado una década de crisis económica voraz que ha dejado cicatrices profundas, surcos de amargura en su tejido social y, por ende, un cansancio evidente en su Semana de Pasión. Durante años, hemos contemplado un estancamiento que no es más que el reflejo de una ciudad que ha perdido su recurso más importante, que no es otro que la identidad. La incapacidad por hacer prevalecer las tradiciones más importantes ponen de manifiesto la profunda crisis de una urbe que fue pionera en muchos aspectos cofrades en la provincia. El primer paso a costal, la inclusión de las mujeres en el mundo de los pasos, las primeras formaciones musicales, la cuna del creador de un estilo único -el de las cornetas y los tambores- entre otros son ejemplos de hitos más que consolidados en un tiempo que parece muy lejano. Asimismo, tenemos el ejemplo cercano que ante la falta de tradiciones, la ciudad ha tenido que acudir a una fiesta de evocación histórica de reciente creación, como son las Fiestas Iberorromanas de Cástulo
La despoblación también ha supuesto el martillo con el que el herrero aplastó el yunque que conformaba el alma de la ciudad. Entre medias, una urbe aislada en el tiempo ante una crisis que aún supura y que afectó de lleno nuestras hermandades. La falta de cofrades es la consecuencia directa de un Linares que parece desangrarse ante la incapacidad de los que somos responsables de motivar a la juventud hacia una Semana Santa durante años envuelta en la inoperancia, la falta de innovaciones y de compromiso real, en una memoria que se desactiva ante la falta de savia nueva.
Y es que el relevo generacional no entiende de responsabilidades, sino de la inculcación y de una cultura de cofradías que se desintegra. Se cultiva en el barro de la calle, en la cercanía de la acera y en el aliento de los barrios. No podemos permitir que el peso de nuestra historia se convierta en una losa de mármol que nos hunda en la autocomplacencia, en la pereza y en la negatividad. Porque sí, el ecosistema de una ciudad que hace aguas por todas partes no es muy fructífero y menos cuando el arraigo de las familias autóctonas se vio entorpecido por una crisis que debastó los índices de población, pero al fin y al cabo hemos recogido un legado con la posibilidad de poder darle una vuelta a la historia y de analizar los contratiempos que han sumergido a nuestra Semana Santa en el inmovilismo, para recuperar el arraigo de los antiguos vecinos que cantaban al Señor de Linares, de las largas filas de nazarenos y del tiempo sin medida en la calle.
Aquí seguimos aguantando, pero no basta con habitar una trinchera de nostalgia. La Semana Santa debe ser el motor que dinamice nuestra identidad y nuestro orgullo, proyectándose hacia el exterior, pero fundamentada en una verdad que solo nace de la base, del monaguillo que corre por su barrio y del vecino que ve en su Cristo el reflejo de sus propias penas. En una ciudad en la que el pan y el circo está a la orden del día, no podemos amedrentarnos ante la desintegración de nuestra Semana Santa.





