Cruz de guía | Amor por María

Deshojadas las hojas del mes de mayo, prácticamente, el calendario advierte ya el fin del tiempo de glorias como si de un suspiro se tratara. El mes de la Virgen por excelencia nos va dejando, y con él, se marchan las procesiones vespertinas bajo el sol de primavera, las ráfagas de plata brillando con luz de tarde y el eco de los coros se apaga. Pareciera que, al cerrarse las puertas de mayo, el fervor mariano debiera entrar en una suerte de letargo estival, un paréntesis de calor y costura a la espera de la llegada de la época estival.

Una de las devociones más importantes de este mes, la de María Auxiliadora, sulfura amor al calor de una época ferviente de amor. Fruto de eso son los nueve días de cultos que intensamente se viven a las plantas de la advocación concebida en las letanías y que después Don Bosco acuñó para nombrar a Su Madre. Los rezos y las alabanzas se unen en pro de una devoción que marca un calendario intenso que culmina en un fervoroso 24 de mayo donde las calles de los barrios salesianos se vuelven a teñir de ese azul y rosa tan característico, uniendo a generaciones enteras bajo el manto de la Virgen de Don Bosco. Es la culminación de una espera que se palpa en el nerviosismo de los más pequeños vistiendo sus trajes de comunión, en los hombros curtidos de los costaleros y en los ojos empañados de los ancianos que, desde sus balcones, ven pasar la estampa de su vida entera.

El Amor a María no es un fuego de artificio que se consume en la noche del 24 de mayo. Sería un error litúrgico y cofrade reducir la devoción mariana a la efeméride de una procesión gloriosa o al esplendor efímero de unos cultos solemnes. El auxilio no entiende de estaciones, ni de treguas estivales, sino de amor y compromiso. Por eso, el fin de mayo y la inminente llegada del estío configuran el momento para volver deshojar las hojas para una nueva primavera.