El trabajo que hacen las hermandades a lo largo del año supone un plus si bien tenemos en cuenta la poca implicación que existe dentro de ellas. Si a ello le sumamos las continuas trabas que pone la Iglesia en ciertos lares donde las cofradías son entendidas como un castigo para la institución, el viaje anual se transforma en un calvario que cansa hasta a los hermanos más implicados.
Durante los últimos años, el fenómeno cofrade ha crecido sin parangón tras superar la terrible crisis de la pandemia que nos dejó dos años sin procesiones en las calles -algo impensable desde hace décadas- con un efecto de cofradierismo extremo alimentado por el postureo y el auge de las redes sociales. Si bien este aumento del sentimiento cofrade ha sufrido una multiplicación exponencial, no ha venido acompañada de la aceptación eclesiástica de algunas Diócesis empeñadas en buscar culpables a la terrible secularización que existe en la sociedad. La consecuencia directa ha sido la fiscalización total de hermandades, asociaciones y en muchos casos ciudades de cara ejercer un control sobre el crecimiento directo del fenómeno cofrade.
Esto último, algo que viene sucediendo en Linares desde tiempos inmemoriales con el Obispado de la Diócesis de Jaén y la espada de Damocles que mantiene sobre la ciudad. La doble vara de medir que se usa en las hermandades de la capital y el resto de hermandades de la Diócesis. Centralismo barato sin filtros e incapacidad de diálogo, y sino que se lo digan al Grupo Parroquial de la Victoria de Linares -obligado a suspender su procesión anual por un error burocrático y sin posibilidad de enmienda ni diálogo por parte del Obispado- aún a expensas de recibir la erección canónica tras más de diez años de trabajo incansable por no hablar de la curia anticofrade que «casualmente» siempre acaba sus días de servicio al Señor por estos lares mineros pregonando -no todos obviamente- su «cariño» hacia las hermandades y grupos parroquiales con muestras de retórica barata o directamente con mala praxis.
En una tierra donde continuamente se han puesto trabas a todo tipo de muestras de piedad popular, donde no se cuida el germen de nuevas hermandades y, por supuesto, no se potencia la juventud cofrade ni se defiende por parte de la Iglesia, adquiere mucho más mérito el éxito y el crecimiento de algunas hermandades que tienen que lidiar con continuos desplantes por parte del Obispado, el abandono eclesiástico o incluso el maltrato inferido por ciertos sacerdotes que escudan su modus operandi en la falta de vida cristiana dentro de las hermandades.
Esta desconexión entre la curia y la calle ha provocado que el camino hacia la Semana Santa sea, para muchos, una carrera de obstáculos burocráticos donde el diálogo es un lujo inexistente. El ejemplo del Grupo Parroquial de la Victoria es la herida abierta de una realidad donde la norma se aplica con una frialdad quirúrgica, olvidando que detrás de cada papel hay años de ilusión y de caridad silenciosa. Es la tiranía del despacho frente al sentimiento del barrio, una estructura que prefiere un templo vacío y en orden a una comunidad vibrante que cometa un error de forma. Si la Iglesia sigue empeñada en ver a las cofradías como un «mal necesario» o como un reducto de folklore vacío, terminará por romper el cordón umbilical que todavía la une a una juventud que solo encuentra acogida entre las paredes de su hermandad.
Sin embargo, en esa resistencia ante el desplante y en esa perseverancia contra el centralismo, reside la verdadera fuerza del mundo cofrade linarense. No es solo una cuestión de sacar pasos a la calle, es un acto de rebeldía espiritual. A pesar de los palos en las ruedas y de esa mirada de superioridad de quienes se creen dueños de la fe, las hermandades seguirán creciendo es el latido de un pueblo que sabe que su identidad no se negocia y que confía en la Iglesia que vela por él, en el Sacerdote que guía y acompaña y no en el que dicta sentencia. El mérito de quienes hoy siguen al frente de estas instituciones es incalculable, pues levantan sus altares sobre un terreno minado por la incomprensión de quienes deberían ser sus primeros pastores. Al final, cuando el viento del olvido sople con más fuerza, solo quedará encendido el fuego de los que supieron aguantar el temporal desde la humildad de su fe de asfalto.
En interrogante continúa la codiciada magna procesión con motivo de la restauración de la Fe Cristiana en la ciudad y la aparición de Nuestra Señora de Linarejos Coronada que daría un empujón ineludible a la Semana Santa de nuestra ciudad, pero que se mantiene envuelta en un halo de misterio provocado por los errores comunicativos y la comprensión escrita de muchos medios que vaticinaron una aprobación del magno evento sin que el Obispado tuviera conciencia de ello. Esperemos que esto nos sirva como precepto para refrendar una decisión contraria por parte de la máxima autoridad eclesiástica.





