No suelo centrarme en este artículo de opinión en bandas concretas, pero es que realmente existen exponentes de la música procesional que merecen su espacio, no solo por su capacidad de destacar sino también por la dificultad que entraña resaltar en este mundo de poderosas bandas capitalinas.
Alcanzaba apenas la adolescencia cuando una formación musical de escaso renombre arribaba a la ciudad que me vio nacer, en concreto a la Cofradía de la que actualmente soy hermano (por aquel entonces no), con un esbelto traje color verde oscuro, como si de la guardia civil se tratase, una inmaculada gorra de plato y un marcado acento de más al norte de Despeñaperros. Corría el año 2012, cuando la Hermandad de la Borriquilla, por la que habían pasado la efervescencia de reconocidas formaciones musicales del panorama tales como las Penas de Úbeda o Pasión de Linares, esta última con un idilio de más de diez años. Enfrascados en un letargo y, como se dice en el argot futbolístico, un «cambio de ciclo» en el acompañamiento musical del misterio de la Entrada Triunfal, la junta de gobierno había decidido depositar su confianza en una formación procedente de Campo de Criptana (algunos no sabíamos dónde estaba eso).
Probablemente hoy en día se estaría hablando de una apuesta arriesgada, pero en aquel entonces el mundo musical cofrade no estaba tan avanzado como para lanzar prejuicios a diestro y siniestro como ocurre actualmente. La B.C.T. Elevación de Campo de Criptana entraba en escena en el terreno de juego andaluz (desconozco si por aquel entonces ya lo hacía en Écija) con una carta de presentación discreta y todas las expectativas por delante.
Me aventuré, como de costumbre, a contemplar la salida de la primera procesión, en un escenario estrecho como enmarca la genuina calle de Santa María Rosa Molas. Sin solución de continuidad, los primeros sones de la formación no dejaron boca cerrada en aquella callejuela. La potencia de las cornetas y de los bajos de la formación manchega darían que hablar esa mañana de Domingo de Ramos. Una de las primeras composiciones propias que escuché fue «Cordero de Dios», delicatesen para encabezar una esplendorosa Semana Santa.
Por aquel entonces la tan mencionada, actualmente, Elevación de Campo de Criptana, ya estaba dando que hablar lejos de sus fronteras. La potencia y la difícil habilidad de defender un estilo por entonces poco explotado, como es el de las Tres Caídas de Triana, fueron las mejores cartas de presentación de una formación que empezó a dar sus primeros pasos en nuestra comunidad. Mucho antes de que llegaran las grandes hermandades de Granada y Córdoba, Elevación supo endulzar el paladar de los linarenses con tintes propios en forma de marchas como «Sangre de tu Sangre» o «Y elevándose resucitó» y con tintes trianeros capaces de defender composiciones genuinas como «A esta es» o «Arrepentimiento», abriendo un camino que llevaría hasta nuestros días.
En el seno de la Hermandad de la Borriquilla aún recuerdan aquellos tres años de impoluta presencia de la formación manchega, antes de arribar en la Hermandad del Huerto de Córdoba (años después lo haría en la Sentencia de Granada). Una relación fructífera que dio lugar a un binomio que rompió fronteras para colocar en el máximo escaparate musical a una humilde formación que, a la postre sería capaz de acaparar el éxito y potenciarlo. Elevación es un claro exponente del éxito de una formación procedente de lugares casi desconocidos y de como el trabajo puede llegar a potenciar la calidad musical y transportarla a los enclaves más destacados de la Semana de Pasión. Por que no hace falta venir de capitales ni de ciudades grandes para emocionar con la música sino creer en la labor propia.





