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Racheando

Donde habita la Esperanza

Tras la Semana Santa, los cofrades saciamos esa necesidad de vida de Hermandad y de procesiones a través de las Glorias – los que tienen la suerte de vivir en ciudades en las que existan estas corporaciones y estos cortejos – y los que no, como es mi caso, tenemos que tirar de archivos audiovisuales durante el resto del año.

De los que disfrutamos de la Semana Santa del sur, pasamos meses viendo esas fotografías o vídeos, entre los que si me permiten, destacaría dos de los que he visto. Una imagen, la del Beso, con mayúsculas, entre la mujer de mantilla y el Armao macareno, que captó Adolfo Sánchez en la tarde del Jueves Santo sevillano y de la que ya hablara Guillermo Rodríguez en Gente de Paz.

Pero para mí, otra imagen con la que me quedo ha sido la de aquellos Nazarenos de la Hermandad de la Esperanza de Triana que, aún uno de ellos realizando Estación de Penitencia en silla de ruedas y los otros siendo niños, mantienen la fe en su Esperanza, pese a todo, y la acompañan en esa eterna Madrugá del Viernes Santo.

Sevilla es la ciudad de las múltiples personalidades, y se puede apreciar en esa noche donde se inunda de Esperanza y Gran Poder, cuando pasa el Señor del Silencio, lo llena todo de su advocación, oyéndose tan solo sus saetas tocadas por la Capilla Musical, pero al pasar del Ruán a las túnicas de capa, los aplausos y la alegría del fervor popular acompañan cada levantá. La ciudad en la que, cuando se guardan las túnicas, es para sacar el traje flamenco. Pero la fe todo lo puede.

No hay edad para ser fiel a la devoción, no pesan las horas ni el cansancio, sentirse hijo de la Esperanza es suficiente como para estar todas las horas necesarias mientras sea en su cortejo, aún yendo en un tramo en la que sólo se oye el eco en la distancia de las órdenes del capataz y las bandas se música. Sólo el rosario como instrumento en una mano, mientras con la otra alumbra el camino que ha de seguir la Madre tras su Hijo tras su Tercera Caída.

Las letanías son las compañeras en una noche que se hace eterna, pero sin duda, pase lo que pase, nunca se quiere que se acabe. Los recuerdos están hechos de imágenes y momentos, y sin duda, una lección que hay que aprender, es que no existe ninguna escusa para no acudir a la llamada de la Esperanza.

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