Dos carteles para reflejar dos realidades

Les voy a ser muy sincera. ​A veces me envuelve la extraña sensación de que en la ciudad de Córdoba nos hallamos inmersos en un bucle infinito, diabólico, en ocasiones con cierto tinte masoquista, del que somos incapaces de salir, probablemente por nuestra propia idiosincrasia, porque no sepamos o quizá porque no queramos, por esa condición singular, personal e intransferible que tanto enloquece a determinado sector de la población cordobesa y tanto rechazo provoca en la otra mitad. Esa condición que podríamos resumir con la expresión «ser cordobés».

El cartel que ha de ilustrar las próximas fiestas de mayo de la ciudad califal ha vuelto a sembrar la polémica en redes sociales, en charlas de cafetería y en reuniones familiares. Cierto redactor de uno de los periódicos tradicionales de esta ciudad diría probablemente que las críticas «vienen de los de siempre, los que ni comen ni dejan». Una muestra más del snobismo barato que en ocasiones rodea al arte, en concreto al pictórico, aunque también se produce con cierto énfasis alrededor de otras manifestaciones artísticas como la música. Si alguien tiene la osadía de criticar aquello que los gurús aplauden o bien eres un ser insustancial que no tiene ni la más remota idea de arte o una especie de retrógrada defensora de las rancias tradiciones franquistas, esas que bajo determinado prisma habría que enclaustrar para siempre en un arcón u quizá en un armario.

Porque hablando de armarios muchos habrán tenido muy presente en las últimas horas en la ciudad de San Rafael, que lo es por más que le pese a algunos, el cartel que ilustra las Fiestas de la Primavera en la ciudad vecina de más abajo del Guadalquivir. Es cierto que son carteles diferentes, porque para empezar, anuncian cosas diferentes. En Córdoba el cartel se circunscribe al mes de mayo como si el resto de la primavera careciese de importancia, y es que a orillas de la Mezquita no existe más primavera que la que se desarrolla entre las cruces y la feria… y gracias, porque más de uno la limitaría en exclusiva a la que se vive en el interior de los patios, evidenciando una vez más el carácter provinciano del que por más que pasen los años demostramos ser incapaces de despojarnos. Un carácter incapaz de entender que para potenciar una fiesta no es imprescindible denostar al resto.

El Cartel de las Fiestas de la Primavera de Sevilla abarca un concepto integral y sobre todo integrador, porque, como su propio nombre indica, anuncia las fiestas de primavera, todas, y éstas incluyen la Feria Taurina, la Feria de Abril, la Semana Santa e incluso el Rocío, una fiesta tan profundamente arraigada en el espíritu sevillano que muchos sevillanos consideran propia, a pesar de que algunos se rasguen las vestiduras con el «presunto imperialismo sevillita». En cambio el Cartel de las Fiestas de Mayo de Córdoba reduce su motivo a un mes en exclusiva, relegando al resto de la primavera por definición, sin concesión alguna a nada que sobresalga de esa condición laicista que las últimas décadas se ha convertido en la biblia de lo políticamente correcto y condena al ostracismo a tradiciones profundamente arraigadas en la historia de esta ciudad como las romerías, el Corpus o la Semana Santa.

Lo cierto es que, como obras pictóricas, como carteles, ambos son excepcionales -que nadie olvide de los bodrios de los que venimos-, excelentes, con una calidad incontestable, que logran lo que pretenden, exactamente lo que pretenden, mostrar el espíritu de cada fiesta, la esencia de ambas ciudades, la verdad que en sus entrañas esconden. El cartel de Nuria Barrera representa a una Sevilla orgullosa de sus tradiciones, reivindicativa de su pasado, que no reniega de lo que fue para construir sobre ello lo que es. Es Sevilla, sin contemplaciones, sin matices, sin complejos, la de ayer la de hoy y la de siempre, la que conoce su pasado y lo convierte en rotundo presente, que se vanagloria de él transformándolo en riqueza. Por su parte el cartel de Rafael Cervantes representa a la perfección lo que mayo significa en Córdoba. Es una obra con un realismo aplastante, indiscutible, doliente, trágico, porque por más que haya un sector de la población cordobesa disconforme con esa imagen, así es Córdoba, así vive su feria. Una feria que huye de cualquier aroma a elitismo, que reniega de su pasado, que se avergüenza de lo que fue probablemente porque, en su exasperante ignorancia, no tiene ni puñetera idea de lo en realidad fue, en la que resulta toda una odisea encontrar un traje de flamenca y en el que la música por sevillanas fue sustituida por las disco casetas hace décadas. Una feria de vaqueros y camiseta, de chancleteros y botellón, de cubalitro y borrachera, cutre y vulgar, para la ciudad del perol, la peña y los caracoles, que abandonó cualquier atisbo de elegancia en algún rincón olvidado del Paseo de la Victoria y que se mimetizó con una perfección inusitada con el arenal en el que agoniza.

El cartel de Barrera es una genialidad porque refleja con una fidelidad absoluta el Alma de Sevilla y el de Cervantes otra, porque logra hacer exactamente lo mismo con el Espíritu de Córdoba. Aquellos que tan dolidos se han sentido, que se han indignado, que han criticado al artista y por derivación al gobierno municipal, como si la propia alcaldesa, el señor arqueólogo, aprendiz de asustaviejas o los alegres chicos de las bicicletas y las tamborradas hubiesen cogido ellos mismos la paleta, quizá deberían reflexionar sobre si el cartel es fiel a nuestra propia esencia, a nuestra auténtica idiosincrasia, a nuestra realidad triste, árida, absurda y despiadada. Les aseguro que la conclusión es desalentadora. Porque probablemente este sea el cartel que merezca la Feria de Córdoba, el espejo de nuestra verdad, la respuesta a nuestras miserias… y esa sea nuestra autentica tragedia.

He dicho.