Si comparásemos el mundo de la Semana Santa con el de las sagradas escrituras, acabaríamos pensando que alguna de las dos partes dista mucho de parecerse a la otra. Vaya por delante el respeto siempre a lo segundo aquí citado, que es fuente de toda sabiduría en torno a Dios. A pesar de ello las generaciones se decantan más por dar mayor credibilidad a los pasajes que se representan sobre los pasos.
Se da esta circunstancia principalmente porque nos acordamos de Jesús en Semana Santa. ¿Quiénes van el resto del año a misa? ¿Quién accede a un templo cuando no es Cuaresma? ¿Cómo es posible que en la celebración de los cultos de una hermandad haya menos público que en la denominada procesión de los fantasmas de La Amargura?
Nos puede resultar incomprensible. Quizá hay quien piense que las juntas de gobierno no hacen todo lo posible por llamar a la nómina de hermanos a que asistan al templo, solo cuando hay función principal o besamanos –en ocasiones ni siquiera eso–, pero cierto es que cada uno es libre de actuar como crea conveniente. Cuestión aparte lleva a preguntarnos si, como hermanos, cumplen con aquellos preceptos que se les presuponen por pertenecer a una hermandad.

El respeto a las sagradas escrituras se devaluó cuando comenzamos a incluir pasajes sacados de los apócrifos, hecho casi tan antiguo como la propia Semana Santa. Andamos de aquí para allá asistiendo a representaciones de las que no hay constancia en los evangelios. Hemos crecido tanto que buscamos el más rocambolesco misterio, la mayor presencia de personajes de los que ni hay constancia que existieron. Y a los que se mencionan los colocamos como nos venga en gana.
Por ejemplo, en los evangelios canónicos solo conocemos que se encontraban “el ladrón bueno” y “el ladrón malo”. Ni rastro de sus nombres, que son tomados de los apócrifos, como el evangelio de Nicodemo, donde se denominan Dimas y Gestas. Más de dos mil años después Israel Cornejo crea para Los Estudiantes de Granada un conjunto de imágenes como San Dimas, con su aureola, en el momento en el que Jesús se encuentra meditando en el momento previo a la crucifixión, aceptando su destino humildemente. Según su autor, «el buen ladrón ya sabía de la conversión, por lo que era ya santo porque lo llevaba en su condición». Una afirmación que podría convencer a cualquiera, pero que no deja de incidir en representar imágenes como nos da la gana. Dimas era un ladrón, que se convierte en el momento de su muerte cuando reconoce a Jesús como el Hijo de Dios. No podía ser santo antes, sobre todo porque su vida no era ejemplo de santidad ni de un virtuoso camino de imitación. La santidad le llega en el último momento, cuando en ese acto de fe se convierte en un modelo de esperanza. Que, según Israel Cornejo, gran imaginero, otros misterios hayan tomado como referencia este para un Dimas con aureola, no es tampoco un espaldarazo a su idea, tan solo la perpetuidad del error.







