El capirote | Un olé por Lora del Río

La procesión de clausura del II Congreso de… vamos, la magna celebrada el pasado domingo dejó estampas históricas que tardaremos mucho en olvidar. Más allá de la asistencia, el frío o la hipotética prueba de una carrera oficial por el paseo Colón -algo que sería inviable durante una semana, máxime si me apuran a la vera de un río que nos dejaría congelados durante la Madrugada- la singularidad recayó en conocer cómo viven otras zonas de la provincia la religiosidad popular.

Quienes somos amantes de la religiosidad popular ya conocíamos antecedentes. Es el caso de la procesión magna que se vivió en Granada en 2013, con motivo del primer centenario de la coronación canónica de la Virgen de las Angustias, patrona de la archidiócesis. A los pasos participantes se sumaron los de las localidades de Motril, Loja, Almuñécar, Alhama y Ugíjar.

Qué suerte poder vivir cómo en otras zonas se quiere a nuestra madre. Su idiosincrasia, sus raíces, sus modos, en definitiva, de mostrar el amor hacia la Madre de Dios. Todas ellas dejaron su huella indeleble, pero mayor fue el poso que alumbraron los devotos de la Virgen de Martirio, patrona de Ugíjar, que mostraron sin complejos el cariño que le profesan a la imagen del siglo XV. Aplausos, vivas y cánticos, todo en uno. No dejaron de vivir sus tradiciones por no encontrarse en su pueblo, no dejaron de ser quienes son porque están junto a su madre. El escenario cambia, pero no el amor. Ni más creyentes ni menos que otros. Ni más ni menos fe que en otras regiones.

Cuando el año que viene Roma se encuentre con la Esperanza y el Cachorro, veremos allí a Málaga y Sevilla. Perder su idiosincrasia sería renunciar a la esencia cultural y social de la ciudad a la que pertenecen. Dicho de otro modo, resistir a la globalización y la uniformidad cultural, sin dejarse absorber por modelos dominantes. Hoy en día, un acto de resistencia donde en la cúspide se enarbola la bandera de la autenticidad.

Esto fue lo que vimos junto a la patrona de Lora. Sus devotos desembarcaron en Sevilla cumpliendo las restricciones impuestas durante la procesión magna. Después, volvió a ser Lora del Río, la ciudad que desde hace siglos sueña cada noche con que llegue el día en el que el sol se postre ante las plantas del Lucerito de la sierra. Frente a urbanitas acomplejados, los que creen que son el centro del universo y los neorancios, que son peor que los rancios -al menos en época de estos los palios se movían-, Lora del Río ha sabido mantenerse fiel a sus tradiciones, sin imposturas, trayéndonos un modo sin complejos de vivir la fe. ¡Viva la religiosidad popular! ¡Viva la Virgen de Setefilla!