Por si no se había enterado, en Córdoba el botellón es ilegal. Salvo que sea miércoles de Feria. Entonces, mágicamente, la autoridad se pone una flor en el ojal, mira hacia otro lado y nos explica, con cara de circunstancias, que «prohibirlo provocaría un problema de orden público». Vaya, que la ley está para cumplirse… excepto cuando puede molestar a quien no le gusta cumplirla. Brillante pedagogía.
Durante las Cruces de Mayo, nuestro ayuntamiento —moderno, resolutivo y con una imaginación logística digna de un Nobel de Urbanismo— decidió que la mejor forma de evitar el botellón era transformar el centro histórico en una gymkana distópica, donde para llegar a ciertas cruces había que recorrer más kilómetros que en una media maratón. Lo de pasear tranquilamente por las calles, en libertad, –¿qué pensaría Ayuso?– quedó para la historia.
¿Quería usted ir a la Cruz del Bailío? Pues olvídese de usar la cuesta del Bailío. Había que entrar por la Plaza de los Doblas, cruzar Capuchinos, firmar en el libro de visitas del Cristo de los Faroles, recitar el Padre Nuestro en algún idioma de los cinco continentes y girar sobre sí mismo tres veces. A la salida, más de lo mismo. En la Cruz de los Dolores, por ejemplo, uno podía entrar desde la Plaza de los Doblas, pero para salir —lo juro por el BOP que no es el BOJA, «aunque el BOJA dice las mismas tonterías», como dijo el maestro Juan Carlos— tenía que hacerlo por Bailío. Ingeniería vial aplicada por el Departamento de Ideas Felices.
El resultado: vecinos agotados, turistas despistados y cordobeses hartos. Algunos, entre los que me incluyo, optamos por la solución más sensata: no ir. Porque lo de disfrutar de las Cruces como antaño, con su vinito, su música y sus sevillanas, eso ya es cosa de románticos sin GPS ni autorización policial. ¿El resultado? Que cruces tan tradicionales como la del propio Bailío han sido dramáticamente perjudicadas.
Y de repente, llega la Feria y cambia el cuento. El mismo Ayuntamiento que había colocado más vallas que en un encierro de San Fermín, nos anuncia que el botellón se celebrará como siempre en el Balcón del Guadalquivir. ¿Que no sabe usted dónde está? Tranquilo. Basta con dejarse llevar por el griterío a todo trapo y, sobre todo, por el inconfundible aroma a «pachuli» con regusto a etanol industrial.
Eso sí, se hará con “resignación”, palabra clave que el alcalde pronuncia como si lo hubieran obligado a ello con una pistola de feria. Que lo ideal sería que los jóvenes no hicieran botellón, claro. Pero claro, prohibirlo podría montar una escabechina de proporciones bíblicas, así que mejor dejarles su ratito de barra libre en espacio abierto.
El mensaje, en resumen, es nítido: en mayo las normas se cumplen, aunque para que se cumplan haya que convertir las cruces en una zona en la que a Arturo Pérez Reverte le entrarían ganas de escribir una crónica de guerra. Pero solo hasta que llega la Feria, momento en el que el civismo se toma vacaciones y entra en escena el pragmatismo festivo. O la contradicción institucional. O la hipocresía con rebujito.
Así que, querido lector, ya lo sabe: el año que viene, si quiere brindar en la calle, no lo haga en las Cruces. Espere a la Feria. Ahí, con un poco de suerte, no solo no le multarán, sino que hasta le pongan un agente de tráfico para sostenerle el rebujito o el cubata de garrafón. Feria 1 -Cruces 0. Y luego que si Córdoba «no tiene arte«.
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