El cirineo | El dedo que manda más que el Cabildo de oficiales: la infame dictadura del community cofrade

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Han suplantado al mayordomo, al fiscal y al secretario. Han usurpado al prioste, al consiliario y, si me apuran, hasta al mismísimo hermano mayor. No llevan medalla ni conocen los estatutos más allá del punto que justifique su poder. No cargan pasos ni redactan memorias, pero su dedo —ese dedo tiránico sobre la pantalla— decide quién entra y quién no, quién existe y quién queda en la penumbra digital del olvido. Son los amos indiscutidos de las redes sociales cofrades, señores de la palabra que todo lo filtran, lo manipulan o lo censuran desde la trinchera impune del anonimato institucional.

Bajo el elegante disfraz de “responsables de comunicación” se esconden sujetos mediocres, indigentes morales, adictos al poder barato que otorgan una clave de Twitter y una dirección de correo con logotipo. Son los nuevos inquisidores del mundo cofrade. Nada saben de liturgia ni de canon, pero se creen ungidos por Dios porque han logrado que una hermandad los deje tuitear en su nombre. Les importa poco la caridad, la comunión o la tradición: su único interés es alimentar su ego, manipular la narrativa y ejecutar venganzas personales (y las de sus insignificantes amigos) con el respaldo, eso sí, de un «escudo de poder».

Estos sujetos, a menudo disfrazados de “comunicadores”, arrastran por los suelos el noble arte de la información. Con suerte, algún diploma universitario adorna sus estanterías; aunque en no pocos casos el único título que ostentan es el de “trepa mayor del reino”, ganado a pulso tras años de reverencias serviles, silencios cómplices y tragaderas de calibre bíblico. Son personajes cuya principal habilidad consiste en detectar al que manda y besarle el anillo… o lo que haga falta. Los feladores profesionales del sistema. Prescindibles, sí, pero peligrosamente enquistados.

Y lo más obsceno es que, en muchos casos, ni siquiera tienen formación alguna. Ni periodismo, ni protocolo, ni la más mínima altura intelectual. Solo una insaciable sed de control y una habilidad natural para la genuflexión ante el poder. Trepadores vocacionales, han escalado hasta sus atalayas actuales a base de arrodillarse, tragar, complacer y sobrevivir, como auténticos artistas del felpudo, capaces de vender sus principios por una acreditación, una pulsera o un asiento en presidencia.

El problema, conviene insistir, no son solo ellos. La culpa es de quien los deja hacer. Hermanos mayores cobardes, presidentes de consejo pusilánimes, juntas de gobierno que delegan la voz pública de su institución en personajes indignos, incapaces de separar lo personal de lo corporativo. Les entregan la cuenta como quien da las llaves de una iglesia, y lo que hacen estos miserables es encender la pira donde arden los que no les caen bien, los que no les ríen las gracias o los que simplemente les superan en dignidad.

La tragedia no reside en que existan —que ya sería suficiente—, sino en que se les cede poder real. Poder para decidir quién accede a las cuentas oficiales, quién sale o no en una publicación, qué medio merece un retuit o cuál ha de caer en el más frío de los olvidos. Poder para bloquear a hermanos, censurar comentarios, y redactar comunicados con tono de cardenal, cuando no con tufillo de inquisidor. Todo ello amparados en una falacia colosal: que ellos representan a toda la hermandad, cuando en realidad solo representan sus filias, sus fobias y sus miserias personales.

Convierten las redes de una hermandad en una herramienta de humillación, castigo o propaganda personal. Eligen qué fotos se publican, qué banda se menciona, qué medios se acreditan, qué actos se silencian. Y todo con un tono falsamente solemne, mientras se revuelcan en la miseria del «yo decido porque tengo la clave».

Lo más grotesco del asunto es que, si estos personajillos se limitaran a soltar sus ocurrencias en sus perfiles personales, no los leería ni su gato. Pero como se camuflan tras el emblema de una hermandad o un consejo, el daño es real, público y sangrante. Provocan enfrentamientos, tensiones entre entidades, ofensas institucionales que pueden desencadenar conflictos que tardan años en curarse. Todo por la miserable vanidad de cuatro tipejos que se creen imprescindibles porque manejan un perfil de Instagram. Por eso se parapetan tras el escudo de una hermandad, como quien agita la bandera de una patria para justificar sus vendettas. Usan la cuenta oficial no para servir, sino para castigar a quien les estorba o no les ríe las gracias. Y lo hacen con un tono doctoral, como si un «community manager» de tercera fuese una suerte de custodio de la Tradición con mayúsculas.

¿En qué momento permitimos que el criterio de un don nadie con Wi-Fi esté por encima del de un cabildo general de hermanos? ¿Cómo hemos llegado a este punto grotesco en el que un mediocre sin méritos puede vetar, excluir, humillar o premiar a conveniencia desde un despacho virtual?

La respuesta está clara: en la dejación de funciones de quienes debieran asumir la responsabilidad de representar a todos. Es muy cómodo decir “yo no me ocupo de eso” y dejar la reputación pública de una institución centenaria en manos de un resentido con delirios de influencer y alma de censor franquista.

Urge una reflexión seria: ¿quién tiene las llaves de la voz pública de nuestras hermandades? ¿Quién redacta en su nombre? ¿Quién calla a otros en nombre de todos? Lo mínimo que puede exigirse a quien gestiona una cuenta institucional es formación, lealtad, sentido eclesial y, por supuesto, una impecable higiene moral. Porque lo que está en juego no es solo la imagen de una hermandad o un consejo, sino su dignidad, su unidad y su autoridad moral. Que cada cual publique lo que quiera en su perfil, pero quien hable en nombre de una hermandad ha de ser digno de esa voz. Y eso excluye de inmediato a esa gentuza tóxica, soberbia y peligrosa que hoy gobierna a golpe de stories y bloqueos y traslada sus odios a la gestión de una cuenta oficial.

Porque lo contrario —y lo estamos viendo— no es solo ridículo. Es bochornoso, destructivo y propio de gentuza. Ni tienen gracia. Ni tienen escrúpulos. Ni tienen perdón.