El cirineo | Esto son lentejas: el Obispado dicta y las hermandades obedecen

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Que nadie se llame a engaño: el 11 de abril, la Diócesis de Córdoba consumará un acto que va mucho más allá de un simple encuentro de coordinación. El Obispado presentará un reglamento impuesto, ya redactado sin participación efectiva de las corporaciones, cuyo objetivo evidente es tutelar, controlar y someter la autonomía histórica de las hermandades y cofradías. La jornada, organizada por el delegado diocesano de Hermandades y Cofradías, José Juan Jiménez Güeto, tendrá lugar en la sede de la Diputación y contará con la presencia del obispo, monseñor Jesús Fernández, quien presidirá por primera vez este encuentro concebido como instrumento de poder y supervisión.

A la reunión han sido convocados consiliarios, presidentes de agrupaciones y hermanos mayores de todas las cofradías de la Diócesis. Tras un saludo institucional y un breve momento de oración, se harán públicos los resultados de un estudio sobre la vida y funcionamiento de las corporaciones elaborado por el Instituto de Investigación “Concepto”, que servirá como pretexto técnico para justificar la intervención y el control del Obispado, una acción que probablemente congratulará a ciertos “topos y traidores” y afianzará una supervisión absoluta sobre todas las decisiones internas.

Posteriormente, con las bases encima de la mesa, el obispo dirigirá su primer mensaje colectivo, con toda la suavidad que tan bien sabe utilizar la alta jerarquía eclesiástica cuando encarta, marcando que la autoridad diocesana se impondrá sobre la libertad de gestión de las hermandades. A continuación, José Juan Jiménez Güeto expondrá su reglamento de funcionamiento de la delegación diocesana, documento que, en esencia, permite al Obispado intervenir, condicionar y limitar la actividad interna, los cultos y la planificación de las corporaciones. Alguien podrá decir que la iglesia es jerárquica y que las hermandades ya estaban sometidas al poder de la curia. Y es cierto, pero jamás se había materializado en un documento oficial impuesto de obligado cumplimiento, con obediencia ciega y servil.

El primer paso de un peligroso sendero, cuyas consecuencias comprobaremos en los próximos años, que, curiosamente, llega cuando todavía está latente en la retina de muchos la imagen del obispo saliendo como alma que lleva el diablo tras el Vía Crucis de las Hermandades celebrado en la Catedral hace apenas unos días. Nadie ha desvelado qué urgencia le obligaba a marcharse solo, a paso mudá, por la calle Torrijos -me crucé con él-, sin esperar a que el Señor de la Sangre saliese del templo mayor, aunque debería ser algo muy importante para no poder esperar unos minutos. Quizá alguien debería haberle explicado al prelado que hay gestos que duelen crean malestar y cuál es la sensibilidad de los cofrades. Pero para eso hay que saber elegir de quién rodearse. Consejeros que le expliquen lo que somos y cómo somos, sin afán de poder alguno.

Pero volvamos al meollo del asunto, que me disperso. Para que todo el mundo lo entienda: bajo el pretexto de regular salidas extraordinarias y otras iniciativas, la norma busca subordinar la iniciativa de las cofradías a la voluntad de Palacio, con la excusa de regular las salidas extraordinarias, pero que contrasta con la multiplicación de procesiones impulsadas en los últimos años por el clero. Y que quede claro: la mayor parte de los cofrades podemos estar de acuerdo con limitar las salidas extraordinarias, pero solo cuando sean las propias hermandades quienes decidan, no bajo una imposición vertical que coarta el libre albedrío de los cofrades.

A expensas de que el texto nos desmienta, el reglamento se perfila como una herramienta de supervisión, control y sometimiento, que limita la autonomía cofrade bajo la excusa de regular salidas extraordinarias, aunque la decisión sobre estas debería ser exclusivamente de las propias hermandades. Para los más dóciles, se presenta como un simple marco de coordinación; para todos los demás, es un intento de manejar, condicionar y coartar la libertad histórica de estas entidades.

La cita del 11 de abril no es un mero encuentro de hermandades, representa el fin de la independencia de las hermandades cordobesas. Es una declaración de autoridad del Obispado, un recordatorio de que la iniciativa, la gestión y la libertad de las corporaciones en Córdoba quedan subordinadas a un reglamento impuesto sin debate y sin consensos. Como dice el refrán, esto son lentejas: si quieres, las tomas; si no, te aguantas... o algo así.

Los cofrades no podemos aceptar que esta especie de golpe de estado blando a las agrupaciones locales se imponga como un rebaño sumiso, sin pelear. No podemos resignarnos. Debemos alzarnos y protestar contra esta tutela que pretende coartar la libertad de nuestras hermandades y agrupaciones. Es el momento de reclamar nuestra independencia, defender nuestra historia y tradición, porque si esperamos, será demasiado tarde y solo quedará el rechinar de dientes que acompañará a quienes permitieron que otros decidieran por ellos.