Hay candidaturas que nacen torcidas. Y otras que, aun sin haber sido oficializadas, ya arrastran un tufo tan rancio a errores pasados que basta con olerlas para reconocer la amenaza que suponen. Este es el caso de una propuesta que, antes incluso de ver la luz de forma formal, ha logrado ganarse un apercibimiento oficial, merced a una filtración interesada de información entre allegados y afines. Lo cual, si algo evidencia, no es precisamente dominio del medio, sino más bien una desconcertante torpeza táctica que, en el mundo de las cofradías, suele pagarse cara.
Elegir amigos y enemigos antes de tiempo, en público, y con tanta nitidez, revela una alarmante falta de inteligencia estratégica. Y lo que es peor, delata una forma de entender las hermandades más propia de un consejo de administración que de una junta de gobierno. Porque quien se propone para dirigir una hermandad no está fundando una startup ni gestionando una franquicia: está abrazando una vocación de servicio que exige entrega, discreción y conocimiento profundo del alma cofrade.
Pero claro, si lo que hay detrás de la candidatura es dinero –público y privado–, una nómina importante de compromisos previos y una agenda saturada de cargos y cargos… ¿cómo pretenden algunos compatibilizar semejante entramado con la vida interna de una hermandad? ¿De verdad alguien cree que con un par de apariciones públicas, un discurso pulido y unos cuantos billetes encima de la mesa se puede compensar la falta de horas de capilla, de cultos, de reuniones con priostes, de tensiones entre costaleros y de vigilias silenciosas junto a una imagen que te desarma?
Ya sufrimos en Córdoba una etapa infame –y hablo en primera persona, porque la padecí como hermano y como cofrade– de empresarios que presumían de chequera pero carecían de corazón cofrade y de corazón a secas. Tipos que vendían experiencia cuando apenas sabían cómo se organiza un quinario. Hombres que llenaban páginas de autobombo y se escudaban en el miedo de quienes le rodeaban y en su silencio cómplice para evitar que nadie les echase en cara lo que eran: meros pagadores que delegaban todo lo esencial: trabajar.
Y lo que ahora parece volver es esa figura caduca, que muchos dimos por superada: el gran nombre con poco currículum cofrade y muchas ganas de figurar. Personas con brillito sin trasfondo cofrade. No aprendemos. Las hermandades no son empresas y el cargo de hermano mayor no es una presidencia de un equipo de fútbol al estilo de Lopera o Jesús Gil. Aquí no se viene a lucirse ni a colocar peones. Aquí se viene a trabajar por y para Cristo y su Madre y por los hermanos, sin más ambición que servir.
No basta con rodearse de gente con títulos o con trajes caros. Hace falta saber cómo se dirige una cofradía, cómo se traza un itinerario con sentido, cómo se ilumina una candelería sin caer en el disparate. Y no, no estoy diciendo que el hermano mayor tenga que hacerlo todo. Pero sí que tenga la autoridad moral y el conocimiento necesario como para saber si los que lo hacen, lo hacen bien. No es suficiente conocer una hermandad desde lejos, como quien la observa a través de una pantalla. Para llevar las riendas de una cofradía, hay que conocer sus cimientos, ya que de construir se trata.
Porque cuando el que manda no sabe, lo que florece a su alrededor es la mediocridad. Y entonces llegan los arribistas, los incompetentes disfrazados de expertos, los que medran para conseguir un puesto y desaparecer en cuanto se apagan los focos. Y así, una hermandad se convierte en campo de batalla de egos y ambiciones, y no en casa de hermandad. Líbrenos Dios de presuntos salvadores que quieren ser hermano mayor a golpe de talonario y piel de cordero y de quienes les colocan, como a meros muñecos de paja, para pasar factura a quienes odian.
Dios nos libre de los salvadores de cartón piedra, de los mesías del talonario. Porque las cofradías que se entregan a ese espejismo terminan huecas, rotas, sin alma ni rumbo. Lo que necesitamos son cofrades de verdad, con experiencia, con callos en las manos y memoria en el corazón. Que sepan lo que cuesta montar un altar, mediar en una discusión, consolar a un hermano o doblar la rodilla ante un Cristo crucificado. Todo lo demás es puro teatro. Y el teatro, por muy caro que sea el decorado, se viene abajo con el primer mal paso.





