La apelación a la moderación de las salidas extraordinarias se ha convertido en el argumento estrella de una operación mucho más profunda: reducir la autonomía de las hermandades bajo un sistema de supervisión permanente. Se presenta como una medida prudente, casi higiénica, pero funciona como cortina de humo perfectamente calculada. El debate público se fija en el calendario, mientras el verdadero movimiento se produce en el terreno del poder y la concentración de competencias.
La estrategia no es novedosa. Se señala un exceso puntual para legitimar una intervención estructural de largo alcance. Se invoca el orden para justificar la centralización. Y, entre tanto, se desplaza el foco de la cuestión esencial: quién decide y desde dónde se decide. Limitar las extraordinarias puede ser razonable si nace del discernimiento interno de cada corporación; deja de serlo cuando se convierte en pretexto para imponer un marco de control que transforma la autonomía en concesión condicionada y revocable.
Quienes esgrimen esta bandera actúan como auténticos prestidigitadores institucionales: obligan a fijar la mirada en el número de procesiones mientras, por el ángulo muerto, consolidan un modelo de tutela cada vez más férreo. Se habla de prudencia, pero se construye dependencia. Se invoca la responsabilidad, pero se desconfía de la capacidad de autogobierno. Se promete coordinación, pero se institucionaliza la subordinación sistemática, minando gravemente la autoridad y la autonomía de las agrupaciones de cofradías. Hasta el punto de que uno se pregunta si determinados «asuntos llamativos» que se han desarrollado en los últimos tiempos en la capital no tienen como trasfondo atentar contra la linea de flotación del, hasta ahora, máximo órgano de representación de las cofradias cordobesas.
El problema no es la regulación en sí, sino el uso instrumental que se hace de ella. Bajo la apariencia de una simple ordenación del calendario, se articula un control ejercido en serie, un entramado que somete decisiones internas a autorizaciones externas y diluye la iniciativa de base. La consecuencia es inequívoca: las hermandades pasan de ser sujetos activos a convertirse en entidades supervisadas bajo tutela permanente.
Más inquietante resulta el papel de determinados altavoces que, desde la prensa, defienden sin matices esta deriva. No como analistas críticos, sino como paniaguados aduladores del poder, siempre dispuestos a presentar como virtud lo que no es sino restricción. Hacen el trabajo sucio a cambio de prebendas simbólicas o materiales, contribuyendo a normalizar lo que debería suscitar, al menos, debate y reflexión pública. La función periodística se degrada cuando renuncia a interpelar y se limita a justificar al que manda.
Se podrá sostener durante un tiempo que todo responde al bien común. Se podrá repetir que no hay pérdida de libertad, que solo se trata de ordenar. Se podrá envolver la operación en discursos de prudencia y equilibrio cuidadosamente redactados. Pero conviene recordar —y ampliarlo hasta que resulte imposible ignorarlo— aquella advertencia atribuida a Abraham Lincoln: se puede engañar a muchos durante mucho tiempo, se puede persuadir a bastantes mientras la narrativa oficial se repite y se amplifica, se puede distraer la atención con debates secundarios y mantener la ilusión de consenso; pero no se puede engañar a todos todo el tiempo, porque la concentración de poder termina revelándose por sí misma cuando la autonomía se reduce y las decisiones se acumulan en un solo despacho.
La cuestión, por tanto, no es cuántas extraordinarias deben celebrarse. La cuestión es si las hermandades conservarán la capacidad de decidirlo por sí mismas o aceptarán que esa competencia sea absorbida bajo una excusa barata. Si ceden en ese punto, estarán legitimando una merma progresiva de su libertad histórica.
Ante esta deriva, la respuesta no puede ser dispersa ni temerosa. Hace falta coordinación, cohesión y valentía institucional. Valentía para desenmascarar la maniobra retórica. Valentía para exigir corresponsabilidad real y no tutela encubierta. Valentía para recordar que la autoridad se robustece cuando confía en sus bases y se erosiona cuando centraliza en exceso.
Porque lo verdaderamente extraordinario no es una procesión más o menos. Lo verdaderamente extraordinario es permitir que, bajo una excusa menor, se consolide un modelo de control que vacíe de contenido la autonomía cofrade. Y esa decisión, si no se enfrenta con firmeza, marcará el futuro de las hermandades mucho más que cualquier salida extraordinaria.





