Con la quietud y el sosiego que confiere la distancia, cuando las pasiones se aquietan y la memoria comienza a decantar lo vivido, puede contemplarse con mayor objetividad lo acontecido en Córdoba el pasado sábado. Porque, en efecto, a veces las ramas no permiten discernir la grandeza del bosque, y la magnificencia de lo esencial se diluye entre los errores circunstanciales.
Resulta indiscutible que la organización del Vía Crucis Magno adoleció de deficiencias notorias, que alteraron el ritmo natural del acontecimiento y generaron una sensación de desconcierto en no pocos tramos del recorrido. En este punto, la responsabilidad última recae, sin ambages, en la vocalía de estación de penitencia, cuyo titular habría de tener el gesto de nobleza —poco frecuente, pero moralmente exigible— de presentar su dimisión, o, en su defecto, ser relevado si no muestra la necesaria grandeza de espíritu para hacerlo. No obstante, centrar el relato en los fallos sería una injusticia histórica, pues implicaría soslayar el caudal de belleza, emoción y espiritualidad que inundó las calles de la ciudad.
Porque lo que Córdoba contempló fue un patrimonio sacro sin parangón, un conjunto de tesoros devocionales que, aun dispersos habitualmente por la geografía provincial, confluyeron por unas horas en un mismo escenario urbano. La penetrante mirada del Señor de la Columna de Lucena, de una humanidad conmovedora; la imponente fortaleza del Cristo de la Columna de Priego, síntesis de vigor y serenidad; la perfección escultórica de la Expiración de La Rambla, donde el dramatismo alcanza la pureza del arte clásico; o la austeridad majestuosa del Santo Sepulcro de El Carpio, de sobrecogedora contención, constituyeron auténticos ejercicios de catequesis estética y espiritual.
Y junto a ellos, la plasticidad inconfundible del Huerto de Cabra o de los Afligidos de Puente Genil, que deslumbraron por su carácter identitario y su inconfundible sello de escuela; la unción devocional de la Coronación de Fernán Núñez o la misteriosa solemnidad del Cristo de Zacatecas de Montilla, que parecían conjugar la severidad profunda con la hondura andaluza. Obras que, hasta para los más profanos, revelaron una elocuencia artística y una espiritualidad tangible.
En el ámbito más conocido por el gran público, las cuatro Esperanzas constituyeron un capítulo aparte: cuatro advocaciones, un mismo sentimiento, un clamor unánime que recorrió la ciudad dejando tras de sí un perfume de emoción. Lo vivido en San Pablo rozó lo inefable, un instante de mística popular que Córdoba conservará largo tiempo en la memoria. Y qué decir de Jesús Rescatado, de la Virgen de los Dolores o de las Angustias, paradigmas de la religiosidad popular cordobesa, que hicieron suyas las calles con el lenguaje universal de la devoción. A su paso, el Huerto, la Coronación de Espinas, el Perdón, el Prendimiento, la Redención, las Penas, el Resucitado y el Remedio de Ánimas, entre otros, tejieron una sinfonía visual y espiritual, una suerte de exposición procesional donde el arte, la fe y el sentimiento se dieron cita como raramente ocurre.
Conviene también detenerse en el plano musical, pues las bandas participantes ofrecieron un nivel extraordinario, demostrando que la música procesional andaluza vive un momento de esplendor difícilmente igualable. La Banda de la Redención de Sevilla, con su inconfundible sonoridad, y su homónima cordobesa, primas hermanas en estilo, emoción y contundencia expresiva, desplegaron un sonido de profunda unción, capaz de conmover al más indiferente. Pasión de Linares rubricó una actuación de grandiosidad casi sinfónica, con una conjunción técnica y emocional digna de una formación de referencia nacional. Por su parte, la Salud hizo gala de una fuerza inabarcable, de esas que no solo llenan el espacio sonoro, sino que estremecen el alma.
Santa María Magdalena de Arahal, paradigma del clasicismo bien entendido, mantuvo su estilo inconfundible y su elegancia interpretativa, mientras que las bandas de música de Arahal, Tubamirum la Esperanza y la Soledad de Mena aportaron riqueza tímbrica, matices cuidados y una calidad interpretativa excepcional. Y a todo ello se sumó la arrolladora energía de Tres Caídas, el Cautivo de Málaga, Los Gitanos o Afligidos, formaciones que evidenciaron un nivel artístico de altísima excelencia, dignificando con su entrega el patrimonio musical cofrade. Sería injusto no reconocer que otras muchas bandas merecerían igualmente ser citadas -y pido disculpas por ello-, pues el conjunto de las agrupaciones dejó altísimo el pabellón de la música procesional, transformando las calles de Córdoba en un auténtico templo sonoro donde la emoción se hizo partitura y la fe, melodía.
Todo ello compensa con creces las deficiencias organizativas, y pone de relieve el esfuerzo ímprobo de la Agrupación de Cofradías y de las hermandades participantes, cuyo trabajo, fruto de la entrega y la fe, no puede verse empañado por los desaciertos de unos pocos. El Vía Crucis Magno fue, sin duda, una oportunidad parcialmente desaprovechada, tanto para demostrar la capacidad organizativa de la ciudad como para evidenciar que la mesura y el criterio son virtudes esenciales en la gestión de lo sagrado. Si en lugar de treinta y cuatro pasos se hubiesen dispuesto catorce, la jornada habría discurrido con mayor dignidad y serenidad, sin menoscabo del esplendor.
No puede omitirse tampoco la injerencia del Palacio Episcopal, cuya intervención en la ambientación musical derivó en un hilo sonoro inapropiado, que en la mayoría de los casos resultó tan insulso como ajeno al contexto espiritual del acontecimiento. Un detalle, sí, pero revelador de la distancia entre la sensibilidad institucional y el sentir del pueblo fiel.
Y, sin embargo, el tiempo, que todo lo tamiza y lo depura, ejercerá su acción benéfica. Como ocurre con los recuerdos entrañables, los errores se difuminarán y permanecerá solo la emoción pura de lo vivido: el rumor de los pasos, la vibración de las marchas, el incienso suspendido en las plazas, los destellos de los cirios reflejados en los muros seculares. Lo que quedará, en definitiva, será la certidumbre de haber asistido a una cita irrepetible con la historia y el arte sagrado.
Ojalá esta experiencia, en lugar de olvidarse entre el polvo de los archivos, sirva para aprender, corregir y edificar sobre lo andado. Que se rectifiquen los errores, que se sustituyan las piezas que sea necesario cambiar, pero que se conserve intacto el espíritu de comunión y de belleza que latió en aquella jornada. Porque, en el fondo, la idea fue grandiosa, solo se nos escapó de las manos, y aún puede germinar en frutos más sólidos si se actúa con humildad, prudencia y sentido eclesial.
Cuando el tiempo borre las aristas y solo permanezca la esencia, la memoria de aquella magna jornada será recordada como lo que fue: un canto de amor a la fe, al arte y a Córdoba.





