Por mucho que lo intente la profesora Paloma Saborido, la Esperanza de Málaga no puede hacer milagros en el terreno de la credibilidad. Resulta que ahora, como por arte de birlibirloque y después de que se hayan multiplicado las críticas, el Papa León XIV sí estuvo con el Cachorro y la Esperanza, sí los visitó en petit comité, sí oró emocionado ante ellos en la Basílica de San Pedro… pero por lo que sea, no hay foto alguna. Ni un selfi, ni una story, ni una mísera captura robada tras una columna vaticana. Y lo que es mejor: nadie se ha enterado, salvo Paloma. O se han enterado unos poquitos que son más discretos que un agente del Mossad y han dejado que sea ella quien lo cuente precisamente ante las cámaras del programa estrella de la Málaga cofrade. Brutal.
La versión oficial, que en este caso suena más a sainete vaticano que a crónica piadosa, es digna de un guion de Mariano Ozores (q.e.p.d) con incienso. Porque resulta que Su Santidad, que no ha dejado rincón sin retratar en su intensa agenda romana, decidió ejercer el ministerio del sigilo justo en presencia de las dos devociones andaluzas cuando estaban en las naves de San Pedro. Una discreción tan absoluta que no hay constancia ni entre los guardias suizos..
La profesora Saborido, con tono sereno, gesto convencido y esa sonrisita que es seña de identidad de la casa, nos invita a creer. Porque si no hay fotos, será que fue una visita tan íntima, tan sobrenatural, que hasta las cámaras se santiguaron y decidieron no molestar. Lástima que ni el mismísimo Espíritu Santo actúa sin dejar rastro, ni siquiera en el Vaticano.
Una de las demoledoras respuestas más elocuentes al vídeo difundido por 101tv fue lapidaria: «Mentir es pecado». No hacía falta más. Ni réplica, ni matiz, ni notas al pie. Porque en este episodio de visitas privadas sin testimonio, ausencias papales y fervor reconducido a base de palabras, lo único que se ha evidenciado es el tamaño del boquete en la narrativa.

Que el Papa no dedicase ni un minuto de su tiempo para postrarse ante el Cachorro y la Esperanza dolió. Dolió en Málaga y dolió en Sevilla, donde se aguardaba, al menos, un gesto, una mirada, una oración audible, aunque se asumió con resignación. Pero que ahora pretendan convencernos de una audiencia privada, sin documento gráfico, sin nota oficial, sin testigos reconocibles —y que además tuvo lugar en pleno Vaticano, centro neurálgico de la exposición mediática universal— es pedirnos no ya fe, sino directamente un salto sin red hacia la credulidad. Con lo fácil que sería haber hecho unas fotos de la visita privada y difundirlas para acallar las críticas y, sobre todo, para difuminar el dolor…
Quizá alguien pensó que bastaría con un testimonio amable para apagar el incendio. Pero cuando el argumento se sostiene solo sobre el «Fisichella estaba allí y ustedes no», lo que se aviva es la sospecha. No por malicia, sino porque incluso en Roma las cosas importantes se registran… salvo que no hayan ocurrido. Cuando el relato no se sostiene ni en la lógica, ni en las pruebas, ni en el más mínimo resquicio documental, lo que se multiplica es la incredulidad. Y el pueblo andaluz, tan rápido en aplaudir, también sabe levantar la ceja, como Ancelotti, cuando le cuentan una historia con más fe que fundamento. Ya puestos, ¿por qué no decir que vio a ambas imágenes oculto desde algún balcón durante la procesión por las calles de Roma? O mejor aún, disfrazado entre los turistas que abarrotan la Basílica de San Pedro cada día.
Y no, profesora: esto no es una cuestión de fe, sino de archivo. Si no hay documentos, si no hay testigos, si no hay ni una sombra de Su Santidad entre bambalinas, permítanos dudar. Porque aquí se han canonizado santos con menos milagros, pero también se han desmontado cuentos con menos inconsistencias. Recuerden, hermanos: mentir es pecado, y además, en el Vaticano, se nota mucho más… se pilla antes a un vocero que a un cofrade con el cirio partido.





