Vaya por delante que del mismo modo que es absolutamente legítimo que una junta de gobierno tome la decisión que le parezca a la hora de designar sus cargos de confianza, o elegir a las formaciones musicales que estime más adecuadas para acompañar a los titulares de la hermandad que dirige, cuando se convierte en cofradía por obra y gracia de la Luna de Nisán, un hermano mayor está en su perfecto derecho de presentar su dimisión cuando lo considere oportuno. Lo cual no quiere decir que no sea cuestionable. Cuando alguien asume una responsabilidad debe afrontarla hasta sus últimas consecuencias salvo causa de fuerza mayor. Y enarbolar el concepto «agotamiento» como si fuese la panacea para justificar un abandono con casi un año de antelación, pero dejando en la hermandad el pufo que supone un mastodóntico proyecto aprobado siendo incapaz de ejecutarlo ni siquiera en sus primeros pasos, condicionando el futuro de la corporación que preside y a sus futuros dirigentes, resulta, siendo suave, difícilmente defendible. Ya saben lo que dice el dicho popular: «Manolete, si no sabes torear, ¿pa’ qué te metes?«
Pero si además de dejar tirada a la hermandad, a escasos meses de la celebración de la próxima Semana Santa, con todo lo que ello implica desde el punto de vista logístico y económico, sin ser capaz de materializar un equipo que dé continuidad a la labor desarrollada en los últimos años, nombramiento de cargos de confianza incluidos, edulcorando la situación social de la hermandad, que ha perdido desde hace años la vitalidad y la fortaleza que siempre tuvo y que merece una de las devociones más importantes de la ciudad, se opta por «morir matando», la cosa adquiere otra dimensión. Una dimensión que se sitúa en el ámbito de la moralidad. Lo que «en román paladino» se podría catalogar con la expresión «no todo vale» y huele sospechosamente a venganza.
Porque no es de recibo contribuir a que se difundan bulos, generados de manera torticera e interesada en los alrededores de ese paraíso cada vez más exánime en el que se ha convertido el actual desgobierno, cuyo desempeño ni siquiera quien preside ha sido capaz de calificar con buena nota. Porque no me parece honrado decir que no se pueden poner en cuestión a las formaciones musicales que desde hace años acompañan a los pasos de la cofradía por las calles de Córdoba, para que alguien pueda entender que otros sí lo han hecho, pese a ser falso y haber sido zanjado el asunto con absoluta rotundidad.
Porque no es tolerable que después de haber prescindido de uno de los capataces de la cofradía, en virtud (qué duda cabe), del poder de decisión que deriva de su cargo, se contribuya a alentar rumores de cambio, que nadie ha dicho que se vayan a producir, salvo cobardes que se esconden en los mentideros, y que si se produjesen, serían tan legítimos como los que hace poco más de un año se materializaron. Sobre todo, considerando el fracaso estrepitoso que supuso elegir a un capataz que tenía un compromiso anterior con una cofradía que había pedido un cambio de día al que pertenece la cofradía que ahora le llamaba. Un capataz que tuvo que renunciar casi inmediatamente a su cargo, haciendo gala del compromiso del que siempre ha hecho gala, eligiendo no abandonar a quien lo designó antes, porque otros se hubiesen acordado de él después.
Porque es absolutamente indefendible afirmar que el proyecto de otros no es suficientemente conocido por los hermanos cuando el programa ha sido difundido por los propios medios de los que dispone la junta de gobierno que quien lo ha dicho todavía preside. ¿En qué lugar deja esa afirmación a la gestión de comunicación de la actual junta de gobierno? ¿Lo que difunde la junta de gobierno no llega a los hermanos? ¿Es un insuficiente lo que merece su labor?
Y, sobre todo, porque resulta incalificable cargar las tintas, de manera pretendidamente elegante, contra quien sí ha tenido los arrestos de aspirar a tirar del carro del que quien se marcha ha decidido bajarse por «agotamiento», insisto, dejando el futuro de la hermandad absolutamente condicionado, estética y económicamente, por un legado que, en mi opinión, solamente hay que poner en marcha si se poseen los mimbres precisos para que se materialice o, al menos, para que se comience a edificar. Lo fácil para quien ha tenido la valentía de aspirar a gobernar hubiera sido mirar desde la distancia viendo cómo se estrella un tercero, intentando convertir en realidad el proyecto de quien ha decidido dejar el barco a la deriva poco después de aprobarlo. Pero el amor por los titulares y por conseguir que la hermandad recupere el status quo que siempre tuvo parecen haber pesado más, aunque a algunos no les guste.
Porque morir matando, si uno no es capaz de hacer otra cosa que abandonar, atacando, aunque no sea de frente, es una cobardía que califica a quien la perpetra. Una infamia, atrincherada tras mentiras y medias verdades, que demuestran, fehacientemente, que la hermandad a la que estas insinuaciones y bulos, concebidos por vaya usted a saber qué oscuras motivaciones, podrían hacer un daño incalculable en forma de resultado estrambótico, como el sufrido en otro templo fernandino no hace tanto, necesita un cambio urgente. Un daño del que serían responsables quienes han decidido echarse al monte, optando por el fango, la desinformación y la mentira (¿les suena?) y por quienes, desde su atalaya de poder han colaborado a que la basura se expanda, mientras navegan en la barcaza del terror indisimulado de perder el sitio en el paraíso que creían asegurado y que han perdido por ser incapaces de habilitar un proyecto alternativo. Pero, en esencia, un daño causado por quien ha sido incapaz de terminar lo que un día se comprometió a terminar.
Lo honesto, cuando uno es incapaz de seguir remando, es dejar que quien se atreve a asumir el reto lo haga, o lo intente. Lo contrario, como decía mi abuela es propio de quien «ni come ni deja comer«… «hacer daño por hacer daño«… ¡qué grande era mi abuela!. Alguien podría llegar a pensar que todo esto se hace para que un tercero aparezca de la nada a posteriori, para erigirse en salvador del reino descabezado. Esperemos que los hermanos tengan mayor altura de miras que quien ha decidido morir matando y que la encrucijada que la hermandad tiene ante sí, se solvente de manera satisfactoria, por el bien común y para no satisfacer a unos pocos «pre-desheredados«, que empiezan a sentir el insoportable frío que hace lejos del poder perdido.
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