El cirineo | No, Cabrero no debe dimitir, debe levantarse y devolvernos a la Macarena

La Macarena atraviesa una tormenta, y no es solo por el discutido resultado de la intervención sobre la imagen de la Esperanza. Lo que vivimos estos días es un vendaval orquestado que ha desatado una auténtica campaña de acoso y derribo contra el hermano mayor, José Antonio Fernández Cabrero, con exigencias de dimisión, insultos en redes, descalificaciones públicas y, como remate bochornoso, un editorial firmado por una conocida cabecera sevillana que, desde su púlpito, ha exigido sin rubor su renuncia.

Pero no, Cabrero no debe dimitir. Y mucho menos ahora. No porque no haya errores que asumir —los hay— ni porque no deba abrirse un proceso de esclarecimiento riguroso —es urgente y necesario—, sino porque esta ofensiva no responde únicamente a una cuestión técnica, artística o patrimonial, sino a una lucha de fondo por el control de la hermandad más emblemática de Sevilla. Hay quien nunca perdonó al actual hermano mayor su origen, que siempre fuese un verso suelto, su independencia, su decisión de prescindir de nombres “intocables”, o su negativa a plegarse ante los dictados de quienes, desde atalayas mediáticas o despachos revestidos de incienso, han pretendido dictar la vida interna de las cofradías como si fueran su cortijo.

Cabrero molesta. Porque no se deja manejar. Porque no se ha arrodillado. Porque ha sido libre.

Y ahora, aprovechando el desconcierto provocado por una restauración fallida, se quiere hacer leña del árbol aún en pie. Se quiere arrastrar su nombre por el barro, vincularlo a una suerte de herejía estética, cuando lo que se esconde detrás es una vendetta personal y un intento de asaltar la dirección de la hermandad por la vía del escándalo.

Pero a quien de verdad ama a la Macarena no le corresponde ahora huir. No es momento de esconderse ni de salir por la puerta de atrás como un derrotado. Es momento de gobernar el temporal con firmeza, de recabar toda la verdad, de poner cada carta sobre la mesa y de actuar con la serenidad de quien responde ante Dios y ante sus hermanos, no ante rencores envenenados o titulares oportunistas.

Quien cometió el error de delegar en personas que quizás no merecían tal confianza, que lo reconozca. Que lo asuma. Que lo repare. Pero no que se vaya.

El proceso electoral del próximo otoño será el marco legítimo para que los hermanos decidan el futuro. Pero no puede la dirección de la hermandad quedar sometida al chantaje de cuatro voces estridentes que pretenden dinamitar la imagen de un hombre que, con aciertos y errores, ha servido con amor indudable a la Madre de Dios.

No se defiende a la Esperanza Macarena destruyendo a quienes la han amado. Por eso, Cabrero no debe dimitir. Debe pelear. Por justicia, por responsabilidad, por la hermandad. Por la Virgen. Porque si alguien debe encabezar la reparación del daño causado a su imagen es quien, con humildad y entereza, asuma el mando en medio de la crisis.

Ahora, más que nunca, es tiempo de Esperanza. Pero de la que lucha, no de la que se rinde.

Es tiempo de plantar cara. De dar un paso al frente. De demostrar que los cofrades de verdad no retroceden cuando arrecia el temporal, sino que aprietan los dientes y gobiernan la nave. La Macarena no se merece un hermano mayor que se baje del barco, sino uno que lo conduzca incluso cuando las aguas amenacen con tragárselo todo. Y ese gesto, esa lección de entereza y fidelidad, solo puede darla quien ama más a la Virgen que a su reputación personal, quien entiende que este servicio no es un trono sino un calvario que se abraza con la cruz a cuestas.

Muchos de los que ahora piden dimisiones callaron durante años ante otras decisiones igualmente discutibles, pero entonces convenía guardar silencio. Ahora no. Ahora se trata de una ofensiva milimétricamente calculada, donde las redes se han convertido en patíbulos y los comentarios en hogueras públicas, alimentadas por quienes sueñan con volver a poner los pies donde antes mandaban sin ser elegidos. No lo olvidemos: quieren ganar fuera de las urnas lo que no lograron dentro de ellas. Y lo hacen usando como rehén a la Virgen.

Pero la Esperanza no puede ser rehén de ninguna ambición. Ni utilizada como ariete contra quien ha dado la cara por ella. Cabrero podrá haber cometido errores, probablemente eligiendo mal o permitiendo que otros lo hagan —y tendrá que asumirlos—, pero no ha traicionado a la Virgen. No ha buscado protagonismo, ni beneficio, ni trono. Ha servido, ha trabajado, ha intentado —acertando o no— hacer lo mejor para su hermandad. Y eso merece respeto. Sobre todo, frente al espectáculo indecente de quienes han hecho de este episodio una caza de brujas al servicio de intereses inconfesables.

Lo fácil es rendirse. Lo valiente es resistir. No por orgullo, sino por deber. Porque quienes hoy insultan no buscan reparación, buscan venganza. Y la mejor respuesta a su bajeza no es desaparecer, sino dar la cara, recomponer lo que debe recomponerse, abrir las puertas a la verdad y seguir al frente, hasta el final de su mandato, como un hermano mayor que se hace más fuerte cuando el viento arrecia para devolvernos a la Esperanza Macarena.

Cabrero no debe dimitir. Debe liderar. Debe convocar, explicar, enmendar, proponer. Y, cuando al final del camino los hermanos decidan un nuevo rumbo, que sea por su voluntad libre, no por el ruido de quienes confunden las cofradías con trincheras.

La Macarena necesita esperanza. Y esa esperanza se construye con firmeza, no con cobardía; con luz, no con ruido; con verdad, no con cálculo. Por eso, ahora más que nunca, Sevilla entera —la que ama a la Virgen y no juega con ella— merece ver que hay quienes, como Cabrero, saben quedarse cuando más falta hacen.

Porque la Macarena no necesita dimisiones forzadas. Necesita fe, templanza y, sobre todo, verdad y soluciones.