El cirineo | Por fin una solución digna para la Piedad de Palmeras: cuando la política resuelve lo que la fraternidad cofrade no supo

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Por fin hay una salida plausible para la Hermandad de la Piedad de Palmeras. Y conviene decirlo con claridad desde el inicio: la hay gracias a la intervención decidida del Ayuntamiento de Córdoba, que ha sabido resolver con diligencia institucional y sensibilidad social un problema que las propias hermandades fueron capaces de encauzar a tiempo.

El conflicto no surge por capricho ni por una pretensión desmedida de la corporación de Palmeras. El origen del problema se sitúa en la decisión del Cabildo Catedral de impedir que la hermandad concluya su estación de penitencia en el Patio de los Naranjos, un espacio exterior que nada tiene que ver con el interior del templo catedralicio, por más que algunos hayan querido presentar el asunto como una supuesta invasión del ámbito sagrado. No se trataba de perturbar la quietud del culto ni de forzar usos impropios, sino de preservar un status quo históricamente consolidado, que durante años permitió a la cofradía finalizar su estación en condiciones razonables, dignas y humanamente asumibles.

La supresión de esa posibilidad activó un efecto dominó que terminó por asfixiar organizativamente a la Hermandad de la Piedad, colocándola en una situación límite: regresar a su barrio bien entrada la madrugada, en torno a las cuatro, siempre que no mediara retraso alguno. Un auténtico disparate para una corporación humilde, con un recorrido extenso, una feligresía envejecida en muchos tramos y una clara vocación de barrio que jamás ha renegado de salir y entrar en su entorno natural. La Piedad siempre ha tenido claro que su sitio está en Palmeras, pero no a cualquier precio ni a cualquier hora.

Ante este escenario, la solución lógica pasaba por un acuerdo fraterno entre las hermandades del Miércoles Santo que permitiese a la cofradía de Poniente ocupar el cuarto lugar en la Carrera Oficial. No era una exigencia desproporcionada, sino una reordenación razonable para evitar un perjuicio evidente a una de las corporaciones más vulnerables de la jornada. Sin embargo, ese consenso nunca llegó. Las hermandades, llamadas a ejercer la corresponsabilidad que predican, fueron incapaces de anteponer el bien común a inercias y comodidades adquiridas, dejando sola a la Piedad ante un problema que no había creado. Es cierto que algunas mostraron su predisposición frente a la intransigencia irracional de otras, alguna de ellas embadurnada en ese aroma rancio, a naftalina y Varón Dandy, que tanto caracteriza a los meacolonias habituales. Pero la realidad es que el acuerdo resultó inalcanzable y la Piedad de Palmeras quedó condenada a una situación límite.

El resultado de esa falta de acuerdo fue que un conflicto generado por una decisión externa al mundo cofrade, emanada del Cabildo Catedral, acabó siendo resuelto por la administración civil. Y aquí es donde resulta imprescindible subrayar el papel desempeñado por el Ayuntamiento de Córdoba, que ha puesto todos los recursos a su alcance para ofrecer una solución viable, temporal y respetuosa. La posibilidad de concluir el recorrido en los Jardines del Obispo, un enclave singular cuya gestión corresponde al consistorio aunque sea propiedad de la Junta de Andalucía, evita una situación injusta y humillante para la hermandad, al tiempo que ofrece una estampa de enorme valor simbólico e histórico, puesto que difícilmente volverá a repetirse jamás.

El alcalde, José María Bellido, y su equipo han demostrado capacidad de gestión, sensibilidad social y una solidaridad institucional que era imprescindible en este contexto, saliendo en auxilio de una hermandad que representa a uno de los barrios históricamente más castigados de la ciudad. No es un gesto menor: es la constatación de que la política, cuando se ejerce con criterio y empatía, puede estar al servicio de la cohesión social y cultural.

Conviene no engañarse: esta es una solución provisional, válida para la inminente Semana Santa 2026. El problema de fondo sigue ahí y deberá abordarse inevitablemente cuando concluya el ciclo penitencial. Será entonces cuando el conjunto de hermandades del Miércoles Santo, junto a las instituciones implicadas, tengan que sentarse con honestidad y altura de miras para alcanzar un acuerdo plausible para todos, uno que en ningún caso puede volver a situar a la Hermandad de la Piedad como la última del itinerario común, condenada a regresar a su barrio a horas inasumibles.

La Semana Santa se sostiene sobre valores que se proclaman con solemnidad: fraternidad, caridad, justicia. Este episodio ha evidenciado hasta qué punto esos principios deben traducirse en hechos, especialmente cuando está en juego la dignidad de una hermandad humilde. Esta vez, ha sido el Ayuntamiento quien ha dado el paso que otros no supieron dar. La pregunta es si, cuando llegue el momento, el mundo cofrade estará a la altura de la lección recibida.