Con el dulce regusto que dejan tras de sí los momentos de satisfacción, y el pasado fin de semana viví varios de ellos, he tomado la determinación –y me ha costado unos días- de situarme cara a cara con el folio en blanco con el deseo inconfesable de sacar la mano a pasear aunque con la prudencia, amparada en el transcurso de los acontecimientos vividos en casi cinco décadas de existencia, de quien sabe que no conviene vender la piel del oso antes de cazarlo y que, por tanto, hasta que el nuevo comienzo que podría producirse en el lugar donde aprendí a diferenciar una hermandad de un club social no se materialice con certeza, es aconsejable no lanzar las campanas al vuelo, vaya a ser que el conato de revolución quede en un simple rescoldo.
Apunta bien, no obstante, el hecho de que haya un nuevo capitán que haya decidido hacer tabla rasa y propiciar un nuevo comienzo. Un nuevo amanecer que rompa con un pasado de división y enfrentamiento, ejemplificado en una última semana de periodo electoral infame. Con acusaciones repugnantes que han tenido la respuesta que merecían por parte del aludido: ninguna. Demostrando la nobleza del nuevo responsable frente a la bajeza moral de quienes han intentado sembrar de mierda el horizonte porque algunos se han quedado sin cortijo que explotar. A palabras necias, oídos sordos. Nada que ver con el papagayo que se dedicaba a ladrar, buscando el aplauso de sus palmeros, cada vez que una crítica le estallaba en la cara.
El tiempo dirá si este nuevo estilo se perpetúa en el tiempo, sobre todo cuando lleguen las críticas, que llegarán si no se hacen las cosas bien. Ahí deberá seguir brillando esa grandeza: encajándolas y, en su caso, teniendo la inteligencia de escuchar los consejos que se reciban para subsanar errores y perfeccionar, que de eso se trata. Porque hay muchas cosas que mejorar. Cierto es que a poco que se haga, todo será infinitamente mejor que el desastre heredado. Porque, no nos engañemos, venimos desde el mismísimo fango. Un lodazal, envuelto en papel de celofán en forma de corona de oro y club de copas, consecuencia directa de quienes han convertido en un erial lo que un día fue una casa de hermandad, con impresentables que llevan años ofendiendo y haciendo daño a diestra y siniestra y un considerable número de fans que, satisfechos por tener barra libre en la peña en que se ha transformado la hermandad, llevan años aplaudiendo como focas, algunos incluso insultando y amenazando con pegar –como lo oyen- a quienes han denunciado los evidentes excesos.
Los hechos están ahí, todo el mundo los conoce. El brillo efímero y secundario y la suciedad esencial. Una suciedad que orientada, potenciada y amparada por el silencio cómplice de quienes podían haber pedido sensatez y no lo han hecho, ha vuelto a avergonzar al mundo cofrade, en general, y a los hermanos, en particular, en las últimas semanas. Utilizando a tontos útiles que han hecho el trabajo más rastrero a quienes se estaban quedando sin juguete, perpetrando una campaña del NO que lo único que habría propiciado, de haber triunfado, es que los que ahora deben comenzar una travesía del desierto de al menos cuatro años, hubiesen presentado un candidato alternativo en un par de meses. Y ya lo tenían preparado. Una marioneta a la que manejar a su antojo para poder seguir destrozando lo poco que queda y que ahora hay que empezar a reconstruir.
Porque, que nadie se llame a engaño, hay mucho por hacer en lo que respecta al patrimonio más importante de una hermandad, el humano, el más castigado y denostado en los últimos años de tempestad y odio. No vale con decir que las puertas están abiertas de par en par. Hay que salir a la calle, ir de casa en casa, para buscar a todos aquellos que un día se marcharon, exiliados por culpa de una dictadura infame que ha ocultado en la autocomplacencia barata y el oropel, falso como la sonrisa y los abrazos de los cobardes que han intentado identificar a toda una hermandad con ellos mismos. Si el nuevo capitán no hace eso, errará. A quienes ahora se ven fuera del paraíso, ¿saben qué? Que nadie es imprescindible. Nadie. Las personas pasan y muy pocos recordarán los nombres de quienes protagonizaron estos años de desastre, en los que la apariencia de los logros de cara a la galería, esconden una hermandad muerta, socialmente hablando. Ojalá nunca sientan el daño, ni deban soportar el odio y los insultos que muchos llevamos sufriendo desde hace años.
Espero y deseo que el nuevo capitán, con quien aún no he tenido el placer de hablar pese a que algunos se han atrevido a pregonar que ha hablado conmigo para comprarme, mintiendo una vez más, sea capaz de convertir en realidad el sueño de revolución con el que muchos soñamos. Una revolución que vuelva a convertir la hermandad en una hermandad, en la que nadie se sienta un paria. En la que no se insulte a nadie por pensar diferente o en la que la podredumbre que hemos vuelto a ver aflorar, en las últimas semanas, sea desterrada para siempre. Un capitán que sea capaz de llamar a todos aquellos que un día se marcharon, hastiados por la deriva sin rumbo en la que lleva años navegando el barco y logre que regresen a puerto. Que sepa rodearse de un equipo que aporte soluciones y no problemas. Sin inútiles cuyo único logro sea adular a quienes tienen el poder. Un futuro de luz y fraternidad, de humildad y familia, que recupere los valores que se han ido perdiendo por el camino a medida que se han ido dejando muertos en la cuneta. Un horizonte en el que las puertas vuelvan a estar de verdad abiertas. Un futuro de auténtica Paz y Esperanza… TIC TAC ⌛





