Cuando los cofrades se lo proponen, son capaces de ser quienes más disfrutan de la ciudad. Y, cuando toca, también pueden ser los más serios. En Feria hay que cambiar las túnicas y los capirotes por los trajes de gitana, de corto, o por las americanas combinadas con chinos; la penitencia se sustituye por el cachondeo.
La Hermandad del Cristo de Gracia, “El Esparraguero”, es la única cofradía que trabaja directamente su caseta. Un espacio con cocina que nunca se detiene y que siempre representa una apuesta segura para disfrutar en buena compañía desde las primeras horas del día. Otra caseta cofrade, también gestionada por hermanos, es “La Trabajadera”, otro punto de encuentro donde lo tradicional prevalece sobre lo moderno.
Con las muchas casetas cofrades que ha habido en nuestra feria, trabajadas por auténticos hermanos de hermandades y que han desaparecido del Real, habría mucho que decir. Y aquí nuestros políticos tendrían que reflexionar seriamente, porque el fondo del asunto es claro: todo viene marcado por el aumento progresivo de días de Feria y por una celebración cada vez más exigente en términos de recursos y esfuerzo.
A pesar de ello, los cofrades somos fiesteros por naturaleza. Vivimos el año entre cultos, triduos y estaciones de penitencia, pero durante la Feria cambiamos el hábito y el recogimiento por la diversión, al compás de sevillanas y rumbas. Aunque, como no podía ser de otra manera, tampoco faltan las marchas procesionales para cerrar la jornada en más de una caseta de acento cofrade.
En definitiva, el cofrade vive con pasión la vida de su hermandad… pero también las demás fiestas que dan alma a su ciudad.





