El florecimiento de las Hermandades

No pocas veces he comentado en este espacio, la necesidad que tienen las Hermandades de regenerarse a lo largo del paso de los años, la obligación de contribuir al relevo generacional que perpetúe las tradiciones que inundan las calles durante los tres meses de primavera.

Sí. Porque es en la primavera cuando las Hermandades vuelven a florecer tras el triste invierno que aún mantiene en suspensión el trabajo de muchas Corporaciones que solo ven la línea de salida durante el tiempo que impregna la Cuaresma. No solo configura la Semana Santa el tiempo de acercamiento de los jóvenes a las Cofradías, sino también es en el período que encuadra los meses de mayo y junio cuando el gentío juvenil pone sus miras en las mismas en un periplo en el que los pasitos de mayo, en parte de la Andalucía Oriental, y las cruces de mayo en la Occidental, toman las calles en forma de cortejos que encogen y se adaptan a las medidas y a la idiosincrasia de los niños.

Es ahí el instante en el que un pequeño toma el primer contacto con una trabajadera, una cruz de guía o un báculo, el momento de empezar a conformar el futuro cofrade de las Hermandades y al que muchas de ellas han renunciado por comodidad, el tiempo en el que el joven se calza su primer traje. De ahí, nos surge la necesidad de buscar la motivación de cara a educar en el mundo de la religiosidad popular, de cara a formar personas que mitiguen ese sentimiento de desarraigo hacia las Cofradías que en muchos lugares se ha implantado.

Es imperativo promulgar la inclusión de los jóvenes en nuestras Hermandades, así como de instaurar un cierto de orden en el ámbito que les atañe a ellos dentro de la vida de Hermandad. La supervivencia de la Semana Santa depende de ello.