El Manierismo a través del Señor de la Caridad y el Cristo Yacente

Nadie dudaría en señalar el Barroco como el movimiento predominante en nuestra cada vez más rica Semana Santa, con esa característico y expresivo dramatismo reflejado en las valiosas imágenes de la Córdoba Cofrade y el exceso que se ha ido dibujando en las distintas piezas patrimoniales, como un sello personalísimo e inequívoco sin el que no es posible estudiar todos y cada uno de los cuidados elementos que hacen que las hermandades estén completas.

Sin embargo y a pesar de la incuestionable hegemonía del Barroco, tampoco sería justo dejar de lado al Manierismo en la Semana Mayor cordobesa. Es un estilo surgido en los últimos años del siglo XVI, como el máximo e incomprendido representante del agonizante Renacimiento, que, aunque actualmente sea difícil de creer, se entendió a menudo como un atentado contra la elegancia y una reacción a la idealización que había gobernado en el arte de años anteriores.

De acuerdo con ese antiguo concepto del movimiento artístico que hoy nos ocupa, en nuestra eternamente añorada Semana Santa, el Manierismo queda representado por dos tallas de una antigüedad y un valor tan incalculable como el venerado Señor de la Caridad y el Cristo Yacente que durante tanto tiempo ha sido el rostro de la Hermandad del Santo Sepulcro.

De conformidad con la teoría desarrollada en su día por el fraile Federico Gutiérrez, la cofradía del Señor de la Caridad fue fundada en 1480 por Gonzalo Rodríguez, quien fuese asimismo el padre del prestigioso arquitecto Hernán Ruiz. Como bien sabemos, la corporación estuvo conformada en tiempos pretéritos por cuantiosas personalidades pertenecientes a la alta aristocracia y de gran fama. Entre ellos se contaron el renombrado militar que a pulso se ganó el sobrenombre de Gran Capitán, los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II entre muchos otros.

En sus orígenes, el sentido de la corporación radicaba primordialmente en el recordado Hospital de la Caridad, lugar donde fuese acogido durante largo tiempo el magnífico crucificado – hasta el posterior traslado a la Parroquia de San Francisco y San Eulogio – y actualmente convertido en el Museo de Bellas Artes.

No son pocas las personas que hasta la fecha se han detenido a recrearse y admirar a la discreta y bellísima dolorosa – del círculo del granadino José de Mora – que cierra sus ojos sumida en el llanto junto al Señor de la Caridad. En contraposición, la talla del Santísimo Cristo – donado en 1614 por el mercader valenciano Juan Draper – de evidente corpulencia y notable presencia, se erige en la cruz como absoluto centro de atención, rompiendo de los cánones que habitualmente somos testigos especialmente durante la Semana Santa.

El análisis de la imagen nos lleva a reparar en su estética apolínea y su estudiada anatomía, de fantásticas proporciones y sin exageraciones de ninguna clase ni abundancia de las típicas y llamativas señales de martirio. El paño de pureza, por su parte, tampoco ha sido objeto de grandes artificios a diferencia de los de otros crucificados barrocos, considerablemente más voluminosos en consonancia con la imperante carga dramática. Cabe destacar, asimismo, la cruz de la que pende el Señor de la Caridad, lisa, sin estrías ni las representativas características de las arbóreas, fiel por completo al arte intelectual que cabe esperar de una corriente como el Renacimiento o el Manierismo.

A todo a lo anterior, se ha de sumar un último dato con el que queda definitivamente demostrado el Manierismo plasmado en el Cristo de la Caridad y ese es el surrealismo, el anticlasicismo que tan desapercibido podría pasar ante un espectador cualquiera. Ese identificativo rasgo se dibuja en la hermosa torsión del torso del Señor que, bien pensada, no tiene ninguna cabida en un cuerpo ya sin vida que se descuelga del madero. La hipótesis del fallo es, por supuesto, un sinsentido, máxime teniendo en cuenta el profundo conocimiento del imaginero en cuanto a lo que a anatomía se refiere. Esa torsión antinatural no es otra cosa que un simple capricho de su desconocido autor, que quiso imprimir en el titular de la cofradía residente en San Francisco un movimiento helicoidal, creando con ello en el cuerpo del crucificado una línea serpentinatta como la empleada en el Manierismo florentino y en las últimas esculturas del incomparable Miguel Ángel.

De otro lado, el Cristo Yacente del Santo Sepulcro, procedente del Convento del Carmen – denominado entonces de Nuestra Señora del Carmen y del Santo Sepulcro –, información que nos lleva a retroceder hasta el siglo XVII, ha demostrado también presentar las singularidades necesarias que nos llevan a clasificarlo también dentro del descrito y minoritario Manierismo.

Para esta corporación de extensa historia realizaron dos reconocidos imagineros del Barroco, Pedro Roldán y Francisco Dionisio de Ribas – cordobés asentado en la capital hispalense – un sepulcro procesional en el año 1667, labor por la que los artífices cobraron la cifra de 5000 reales aunque este dato sea el único que ha trascendido, pues de aquella urna aún se desconoce tanto su estructura como su ornamentación.

La curiosísima imagen del yacente pone de manifiesto un excepcional modelado y un detenido estudio de la anatomía del titular de la que, como adelantábamos en otras publicaciones, se pudo saber que, a diferencia del papel que desempaña desde hace mucho tiempo, fue ejecutada para ser un crucificado dada la elevación del torso, el pie sobrepuesto al otro y la tensión muscular.

Al igual que en el caso del Señor de la Caridad, el Cristo yacente apenas tiene marcas de sangre en su cuerpo, de la cabeza nace una cabellera lisa y adaptada a la bóveda craneal, con un solo mechón que descansa sobre el hombro. Las cejas y la nariz son rectas, la barba tiene una pronunciada forma triangular, completando un armonioso conjunto lleno de serenidad.

Ante tales evidencias, no quedan dudas, pues, al respecto de las dos fantásticas imágenes que alberga la ciudad califal, inspiradas por el Manierismo que un día, hace ya muchos siglos, quiso romper con los patrones hasta entonces establecidos.