Muchos son los católicos profundamente avergonzados por la deriva independentista en la que se ha adentrado la iglesia catalana, entre el silencio cómplice de la Conferencia Episcopal y el Vaticano que, ni desautoriza ni contrarresta, salvo excepciones como las palabras del obispo de Córdoba en la homilía que este lunes ha protagonizado en la Catedral, con motivo de la celebración de la festividad de los Ángeles Custodios, patrones de la Policía Nacional, en la que ha declarado sin matices, que la patria está en peligro. El resto de la jerarquía eclesiástica se mantiene en un vergonzoso silencio a caballo entre la equidistancia más repugnante y la medición milimétrica para no ser tachado de fascista que visto lo visto es el peor insulto posible, incluso para los curas. Una actitud que tendrá consecuencias en forma de mayor ausencia aún en unos templos cada vez más vacíos y en la próxima declaración de la renta, en la que dejarán de concurrir muchas x en la casilla a favor de la iglesia católica.
Y eso que algunos de los que están perpetrando esta infamia, en nombre de Dios, para deshonra de quienes están siendo humillados, catalanes que no odian a España y Fuerzas de Seguridad del Estado, a quienes esta gentuza ensotanada no tendrá reparo alguno en llamar cuando la patulea cupera, podemita y/o proetarra comience a asaltar capillas y quemar santos, son unos personajes salidos del más recalcitrante castillo de los horrores. Algunos de estos ministros de la iglesia, llevan años avergonzando a todos los católicos normales. Es el caso de Xavier Novell, obispo de Solsona, que en los últimos días ha alentado a las masas a sumarse al referéndum ilegal, presumiendo públicamente de participar en él, papeleta en mano, evitando en todo momento condenar la rebelión independentista.
Este individuo, que ha puesto en la diana a Guardia Civil y Policía Nacional llamándoles «guerrilleros» con todo el desprecio del mundo, más propio de quien odia más que respira que de alguien que se llena la boca con la palabra de Dios, entre vómito y vómito, y que ha catalogado como héroes a los presidentes del Parlamento catalán, los consejeros y muchos diputados, alcaldes y altos cargos de la Generalitat que “están arriesgando su libertad, carrera y patrimonio”, ya avergonzó al pueblo cristiano hace unos meses dando muestras de una repugnante homofobia, al vincular la homosexualidad con la ausencia de la figura paterna que “en la cultura occidental está ausente, desviada y desvanecida”. Unas manifestaciones que motivaron que Ramon Royes, alcalde independentista de Cervera, anunciase que en el pleno municipal presentaría una moción para declarar al obispo persona non grata en su ciudad y que probablemente ahora sea buen amigo del prelado, donde estén las prioridades, que se quiten los principios.
Ahora, el mismo sujeto que muchos tachan de ultraconservador, ataca con sus exabruptos minados de una animadversión impropia de un sacerdote a policías y guardias civiles, a sabiendas de que sus palabras pueden atizar aún más un fuego que puede arrasarlo todo, para empezar la vida de los agentes que se halla en serio peligro en estos lamentables días en Cataluña, sin que ello parezca importarle lo más mínimo, ni sus vidas ni sus mujeres e hijos. Hace meses, a raíz de la cadena de reacciones que provocó su discurso homofóbico, el obispo de Solsona se vio obligado a pedir disculpas. Puede que dentro de unos meses también pida perdón a españoles, policías y católicos por el daño incalculable que está provocando con su actitud y sus palabras. Sucede que entonces, el daño ya estará hecho, como ocurrió cuando insultó a homosexuales y a sus familias, para escarnio y vergüenza de quienes nos llamamos católicos, que jamás olvidaremos el día en que la iglesia se puso del lado de quienes insultan a todo un pueblo para garantizarse un concordato que jamás tendrán.





