El viejo costal | Del número y de los capataces

Degustando una cerveza con un grupo de cofrades, provenientes de distintas ciudades de esta castigada España, en un lugar sin par, concretamente en una terraza justo frente a la fachada de una Catedral, y saltó el tema de lo moviditas que habían estado estas semanas con respecto a los capataces en nuestra ciudad de Córdoba.

Ya parece que está más tranquila la cosa, manifesté y añadí: “hay menos huecos que rellenar y menos huecos que crear, ya parece que todo está más centrado y decidido”. De momento creo si la memoria no me falla, en poco tiempo, han cambiado de capataces de: Paz y Esperanza, Buen Fin, Rosario, Resucitado, Encarnación, Esperanza, Concepción, Dolores e incluso alguna prohermandad también, seguro que alguna me dejo, disculparme por mi mala memoria.

Unos por dimisión del titular del martillo, otras por determinación de la junta de gobierno correspondiente, de estos capataces, unos quedaron en el banquillo, otros cambian de llamador y de estilo, que de todo cabe en este mundo “donde el que sabe, sabe”, y otros surgen y son llamados a estas labores, recibiendo la llamada igual que si fuera una buena oportunidad.

En esta línea estábamos los tertulianos, manifestando que ya pocos capataces quedaban de aquellos que permanecían durante décadas al frente del mismo llamador, al frente de la casi misma cuadrilla, algo de lo que ya nos estábamos acostumbrados a ver y que cada día serian estos una “rara avis”.

Cuando de pronto uno de los asistentes manifestó que en su cofradía, él creía, “que había pasado más capataces que hermanos de cirio procesionaban en su estación de penitencia, como hermanos de luz”. Todos los asistentes nos reímos de la ocurrente comparación, pero lo lamentable de la ocurrencia, es que podíamos comprender que dada la sensación de ser cierto, o casi cierto, salvando la exageración andaluza.

Lo que no alcanzo a comprender es cómo un capataz es defenestrado por una hermandad, y a veces con una o dos fechas aparece nombrado en otra, si es malo, debería serlo de forma manifiesta, pero cambiar por el mero cambio nunca podré entenderlo. Y por el contrario si es bueno, no habría razón para defenestrarlo, hay mucho juego sucio en estos menesteres, intereses personales, partidismo, ternas llenas de amistad, más que de calidad, y mucho cambio innecesario, igual que otras inexplicables  permanencias.

Nunca me voy a enterar de la lógica de muchos de estos nombramientos y des-nombramientos, de los renombramientos inmediatos o instantáneos, las dimisiones inexplicables, y de quien es suficientemente bueno como para permanecer décadas delante del mismo paso, de estos últimos me parece que no van quedando muchos, y tampoco alcanzo a entender si a pesar de cambiar de capataz casi cada año, como nunca coincide uno bueno o adecuado, yo no me entero, ni voy a hacer un esfuerzo por enterarme.