Hemos asistido a una determinación que ni siquiera, quien la tomó, sabría explicar. Una de esas decisiones que nacen en las Juntas de Gobierno y que, al ejecutarse, dejan tras de sí más sombras que luces. Porque, aunque se amparen en conversaciones previas, en acuerdos o incluso en pactos con los propios afectados, cuando llegan al pueblo siempre saben mal, siempre dejan un regusto amargo y una cadena de reacciones que, casi siempre, nadie desea.
Y tras un enrevesado comunicado, porque, al usar el verbo ratificar, la cosa se torna aún más extraña. Ratificar, en lo jurídico, es confirmar un acuerdo; en lo común, reafirmarse en lo dicho; en nuestras cofradías, confirmar a alguien en su puesto. En resumen: decir de nuevo “sí, esto sigue en pie”. Pero aquí, ¿Qué se ha ratificado? ¿Qué se ha querido tapar?
Me refiero, como ya adivinan, a la anulación del nombramiento de Capataz General de D. Juan Luis Berrocal. Ratificado, dicen, en el puesto que ostentaba antes de ser nombrado Capataz General. Y, sin embargo, el verbo elegido parece el menos indicado, salvo que se pretenda maquillar lo que no tiene buen arreglo.
¿Era este el momento? ¿Apenas unas semanas antes de la igualá de la cuadrilla? ¿En vísperas de los cultos de la hermandad, cuando Adviento está cercano, y con la Cuaresma llamando a la puerta? No, hermanos, ni en tiempo, ni en las maneras.
Porque la labor de D. Juan Luis ha sido intachable: ha cuidado de los dos pasos, ha hecho crecer la nómina de costaleros, ha logrado que colaboren con la cofradía, ha forjado un grupo unido y ha elevado la calidad del andar en la calle, con elegancia y finura. Y ahora, cuando el ciclo apenas comienza, ¿era necesario remover lo que funcionaba? Los cambios, si han de hacerse, se hacen al cierre de un ciclo, nunca en mitad del camino, y especialmente en aquellas áreas que no funcionan.
Por eso el comunicado me resulta burlesco, casi irónico. No por su contenido, sino por el momento y las formas. Porque la personalidad de D. Juan Luis está ya impresa en la cuadrilla, y será difícil arrancarla de cuajo. Y porque, teniendo la hermandad un Capataz General elegido para ambos pasos, ¿no hubiera sido más digno preguntarle cuál deseaba regentar? ¿No hubiera sido más fraterno que el Hermano Mayor le comunicase personalmente la decisión?
La responsabilidad, lo sé, es de la Junta de Gobierno. Y aunque no la comparta, la respeto.
Pero no respeto las formas, ni el tiempo, ni el fondo de la decisión. Estoy cansado de maniobras que no construyen, que solo destruyen, que desgastan a las instituciones y las rebajan por la mala gestión.
Ahora ya está todo explicado, y las razones, por explicar.





