Este refrán castellano define muy bien la insaciabilidad de algunos con los asuntos cotidianos, a modo de ejemplo, los cofrades y las procesiones magnas, que por cierto continúan siendo la pieza más cotizada entre las aspiraciones de los cofrades en general.
En otros ambientes más progresistas el empeño de sacar tajada del incendio de la Mezquita-Catedral, y el que no se lo crea que mire la noticia de mi compañero Carlos Gómez bajo el título “¿Miente Antonio Hurtado?: «Ni siquiera se ha dignado todavía a visitar (la Mezquita Catedral), ni interrumpir sus vacaciones»”.
Los cofrades a lo suyo, entre Semanas Santas, antiguamente solo teníamos, con suerte, algún concierto, algún certamen de bandas, hoy en día, la cosa ha ido a más, y tenemos procesiones Magnas a porrillo, a la vista: la de Huelva el 20 de septiembre con 24 imágenes. En Lucena el 27 de septiembre con 18 pasos. En Sevilla la Pastora de Santa Marina, saldrá en los días 31 de agosto, 14 de septiembre, 21 de septiembre, 27 de septiembre y 28, todo en relación con su acto de coronación. Y el 4 de octubre en Jaén, con 20 pasos.
Y hay están el yin y el yang, lo blanco y lo negro, lo cotidiano y lo extraordinario, la política y la religión, y cada uno a lo suyo, cada uno a vivir la su verdad como dios les da a entender, tanto a los unos como a los otros. Y todos intentando exteriorizar su pasión, su deseo, sus más ocultas pasiones, pasiones muchas veces disfrazadas y ocultadas tras unas fachadas, para unos, la preocupación del mantenimiento de un bien cultural importante, en el otro extremo otros con su necesidad de evangelizar públicamente mostrando la iconografía y las escenas evangélicas de forma peculiar.
Ambos se equivocan, ambos viven montados en una actitud de pura soberbia, ambos en una actitud de superioridad y de arrogancia, siento si esta opinión no es del gusto de ninguno de los dos extremos, pero ambos pecan de excesivo orgullo, ambos muestran una gran falta de humildad, ambos creen que son mejor que los demás, y este menosprecio a los otros les hace no reconocer sus errores y limitaciones.
Perdonadme ambos, pero creo que nos estamos perdiendo en un mundo donde solo queremos aquello que nos place, sin límite de cantidad, tanto unos como otros, donde nadie reconoce sus limitaciones, ni quiere tener límites, donde nadie escucha a nadie, ni siquiera se oye uno mismo, donde falta mucha empatía y mucho agradecimiento, falta autocrítica, y sobra el exceso de comparación con los demás.
Y así nos va, cada uno a los suyo, y el otro siempre pensando “otra vez la burra al trigo”.





