El pasado día 25, nuestro compañero D. Carlos Medina en su columna “El día que cambió el tono de la Iglesia en Córdoba” apuntaba que intuía un cambio próximo en la Iglesia de nuestra diócesis cordobesa, y lo intuía básicamente desde las palabras de nuestro Reverendísimo Obispo, que apuntaba a los tres pilares fundamentales proclamados: una Iglesia sinodal, en la que todos los fieles caminen juntos; una Iglesia ministerial, que valore todos los carismas al servicio del Pueblo de Dios; y una Iglesia en constante misión, capaz de responder con creatividad a los desafíos del presente.
Y hasta aquí la perfecta teoría, sínodo por su definición: “Junta del clero de una diócesis, convocada y presidida por el obispo para tratar de asuntos eclesiásticos”, distante de lo que en realidad entendemos los cofrades. Es tal y como decía D. Carlos en su artículo: “Lo sinodal es la participación de todos los católicos sin exclusiones: desde el papel de los divorciados hasta el de la mujer en la Iglesia.” La participación de todos los católicos, hombres y mujeres, está sobradamente justificada; el papel de la mujer en la Iglesia no puede ni debe quedar solo limitado a la enseñanza, catequesis, etc. Recuerdo en este momento lo reflejado en la imaginería vinculada a Santa Ana, donde siempre se le muestra con un libro en las manos, enseñando las Sagradas Escrituras, ni al papel que tenían nuestras madres y abuelas, que nos enseñaban a persignarnos y algunas de nuestras primeras oraciones. La mujer debería de ser un pilar fundamental en nuestras iglesias. Creo en su validez para ostentar cargos de relevancia. En las hermandades esto fue posible en la década de los noventa, ya que en la adaptación al estatuto marco se empezó a admitir la posibilidad de que las mujeres tomasen cargos dentro de las juntas de gobierno, en las estaciones de penitencia, etc.; al fin y al cabo, en cualquier faceta de la vida cofrade.
Ahora distinto es el tratamiento de los divorciados y divorciadas, algo que nos puede golpear incluso no siendo partidarios del mismo, ya que las más de las veces son situaciones impuestas por una de las partes, desde un juzgado, a golpe de sentencia, sin tener para nada en cuenta la creencia religiosa de los que lo van a padecer, obligados por obediencia legal a los dos intervinientes, dejando a ambas partes distanciadas de la Iglesia y de los cargos que gestionan nuestras hermandades. Dándose en muchas ocasiones que una de las partes paga por los pecados de la otra parte, tema de una delicadeza importante y de una dificultad máxima, pero que deberíamos de atacar los cofrades, ya que es una realidad que envuelve a nuestras cofradías y a nuestros hermanos, y que no debemos de vivir desde el olvido interesado, ni mirar en otra dirección cuando se nos presenta.
Ahí hay algún ligero desafío de nuestra Iglesia, una Iglesia ministerial, obligada a valorar todos los carismas al servicio del Pueblo de Dios, y una Iglesia en constante misión, con la capacidad de responder con creatividad a los desafíos presentes. Pues nada, ahí están las carencias sufridas por las mujeres en la institución, y ahí están los divorciados obligados, independientemente de sus creencias al respecto, a pagar por daños de los que no son ni partidarios ni responsables. Ahí hay dos buenos retos, de difícil solución, dos problemas que debemos de afrontar como una realidad latente, una realidad que no podemos ocultar, ni olvidar, ni se soluciona con hablarlo en voz baja en corrillos. Hay que pedirle ayuda a nuestro Pastor en solucionar estos reales problemas que nos golpean a casi todos, aunque miremos para otro lugar cuando recibimos el golpe.





