Me declaro culpable. Sí, sí, como lo lees. Según cambian los tiempos (y créeme, han cambiado más que los precios del aceite) cada día que observo las jugadas de algunas de nuestras cofradías, me doy cuenta de que el culpable de todas sus desgracias soy yo. Así que nada, aquí estoy: yo soy el culpable.
Debo de ser culpable, por ejemplo, de que el barrio de Las Palmeras esté a 3,22 km en línea recta de la Mezquita-Catedral, mientras que El Naranjo está a 3,42 km. La hermandad del Naranjo, eso sí, ha encontrado una solución “provisional” (y recalco lo de provisional, que luego pasa lo que pasa) saliendo desde el Pocito de la Fuensanta, que está a menos de 1,5 km de la Mezquita. Eso sí, previo traslado de sus titulares desde Santa Victoria hasta la Fuensanta (otros 3,23 km, siempre en línea recta, que parece que ahora medimos todo así). En este caso, vale, está justificado: tradición, obras, etc. Luego, quiero imaginar, volverán a salir y recogerse en su templo como Dios manda.
La otra cofradía, está atrapada en un culebrón de horarios y puestos. Los demás del Miércoles Santo no ceden ni un milímetro, y la hermandad siente que está condenada al gasto de banda y de personal, al llegar a su barrio a horas en las que solo están despiertos los panaderos. Todo, según dicen, por tener “un puesto y un horario completamente injusto”. Y claro, ¿de quién es la culpa? Pues mía, y de todos los cofrades, que parece que hemos decidido fastidiarles la vida.
Porque, por lo visto, el último puesto del día no es bueno. El primero tampoco. El bueno, bueno: es el cuarto, el que ocupa la Misericordia. Ese sí que es perfecto, oye. Ni muy pronto ni muy tarde. El punto exacto de cocción.
Pero claro, estas cosas pasan porque no se puede ir cambiando los horarios al gusto del consumidor, especialmente los de los demás. Y yo, sigo siendo culpable de que su barrio esté donde está, y de que el Miércoles Santo salgan las hermandades que llevan décadas saliendo ese día, sin adaptarse a las “necesidades especiales” de algunas compañeras.
Pues verá usted: soy culpable de que no me entusiasmen los traslados buscando más “calle” y más “comodidad”. Soy culpable de que el Miércoles Santo tenga seis cofradías que salen, y algunas de ellas desde 1937. Y soy culpable, también, de pensar que cuando uno funda una hermandad, debería ser consciente de dónde la funda, sus pros y sus contras.
Mis mayores me enseñaron a respetar la inteligencia, y la edad, y si no se respeta… pues sí, también me siento culpable. ¿Lo vais entendiendo?
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