Corría el año de 1970 cuando se cumplían 30 años desde que la celebérrima Hermandad de la Paz realizase esa recordada primera salida procesional como parte del hermoso todo que constituían nuestras cofradías en la Semana Santa de décadas atrás.
La cofradía establecida en el Convento del Santo Ángel era fundada en el mes de noviembre de 1939, surgiendo como una bella iniciativa nacida del deseo conjunto de un gran grupo de excombatientes procedentes de todas las clases sociales. Pretendían pues, con la creación de dicha corporación, expresar a través de ella su gratitud hacia Cristo y María Santísima una vez llegado el ansiado final de la compleja y dramática Guerra Civil española a la que la nuestra sociedad hubo de enfrentarse desde que esta estallase, en 1936, hasta ese mismo entonces.
Bajo dicha premisa, el sentimiento y la intención global de aquel grupo de personas quedaría reflejado en lo sucesivo en el título por ellos elegido: Venerable, Pontificia e Ilustre Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, María Santísima de la Paz y Esperanza y San Juan Evangelista.
A pesar de las advocaciones que ya figuraban en dicho título, lo cierto es que en el momento de la fundación de la cofradía tan solo existía la talla de Nuestra Señora de la Paz y Esperanza, que había sido realizada por el reconocido e ilustre imaginero bujalanceño, Juan Martínez Cerrillo. Con Ella al frente, la corporación se asentaba en el ya mencionado Convento de los Capuchinos – tras desechar la idea inicial de hacer lo propio en la Iglesia de San Andrés, donde se bendijo a la titular – con la ilusión y las miras puestas en la Semana Santa de 1940, año en que la popular corporación se ponía por primera vez en la calle con el único y sencillo paso de la Santísima Virgen, aún sin palio, como demuestran las curiosas fotografías conservadas de aquella histórica ocasión.
Por su parte, la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia sería tallada, también por Martínez Cerrillo dos años más tarde, manifestándose a través de este hecho así como de su estética la modificación de la idea inicial del conjunto fundador. Esto es así ya que, en un primer momento, estos se habían reunido en la jornada del Jueves Santo de 1939 en torno a la antigua efigie sedente del Señor de la Humildad y Paciencia que se conservaba en la Ermita de San Juan de Letrán, hoy conocido como “Penitas” en su actual sede en la Parroquia de San Lorenzo. La imposibilidad de adquirir dicha talla hizo que la hermandad se pusiese finalmente en contacto con Cerrillo para encargarle a su titular cristífero, alterando la tradicional iconografía asociada a la advocación de la Humildad y Paciencia.
Dentro del guión procesional de la Hermandad de la Paz de años atrás, llama la atención un detalle facilitado por la edición de Patio Cordobés de 1970. En ella, la publicación hacía referencia al hábito nazareno de la corporación, descrito como “túnica blanca, cubrerrostro verde y cordón de San Francisco, completado en los cargos con capas blancas”. Si ya en esa descripción podemos establecer una diferencia sustancial entre el cubrerrostro de antaño y el actual, con más motivo podríamos hacerlo en el tramo de Cristo, cuyos nazarenos vestían “hábito blanco, cubrerrostro morado y el cordón franciscano, con capas, asimismo blancas, para los directivos”.
Para la década de los 70, la cofradía era considerada como un “producto de la fe y de la continuada asistencia de toda una generación de cordobeses devotos de los sagrados titulares, así como del trabajo y solicitud de las juntas directivas que las gobernaron, al frente de las cuales sobresalen algunos nombres de felicísimo recuerdo, por su entrega y generosidad: don Antonio Caballo Jiménez, don José María Montoro y Flores, don Juan Pedraza Cámara y el actual Hermano Mayor, don Luis Pastor Campoy”.
La primera camarera mayor que tuvo consigo la corporación del Miércoles Santo fue Paz Courtoy de García, quien junto a su marido, Gregorio García Mateos, fue madrina de la imagen de Nuestra Señora de la Paz y Esperanza. Fueron, por su parte, padrinos del titular del Señor de la Humildad y Paciencia, Bartolomé Torrico Martos y su esposa. Al parecer, siempre existió una Junta de Damas Camareras que, durante largo tiempo, estuvo dirigida por Paz Rubio de Olias, quien posteriormente fue reemplazada en el cargo por Dolores Cañas de Montoro, perpetuando una tradición e labor ejemplar y “digna de elogio”.
Volviendo a los orígenes de la Hermandad de la Paz, es menester asimismo señalar que, dado que se trataba de una cofradía de excombatientes, el cargo de Hermano Mayor de Honor, que recayó sobre el ministro del ejército de aquella época, el “bilaureado teniente general don José Enrique Iglesias”, que, sin dudarlo, aceptó el título en el 1942. A él, le sucedieron en el cargo los posteriores ministros del ejército, haciendo de ello una tradición íntimamente ligada a la corporación.
Era también analizado, en 1970, el paso sobre el que era portada la queridísima Virgen de la Paz, definido por Francisco Navarro Calabuig como “un exponente plástico de la paz: blancas sus flores, refulgentes sus varales de plata y también la argentada candelería, albo el bello manto mariano y de etérea transparencia el palio de malla. Al mecerse las campanillas de los varales – dice un veterano cronista de la cofradía – parecen como un eco melodioso de angélicos cantos a la celestial Señora”.
La bella dolorosa de Martínez Cerrillo, no era, por su lado, menos digna de alabanza:
La imagen de la Virgen de la Paz enamora a muchos devotos con la finura exquisita de sus facciones y una sublime expresión incapaz de ser descrita por plumas humanas, porque conjuga en alto grado la dulzura, la bondad, el amor maternal hacia su divino Hijo en el doloroso trance de su Pasión y Muerte. Pocas veces ha sido lograda una singular belleza como la de esta imagen, donde ha quedado prendida una chispa no sólo de rotundo acierto imaginero sino también un hálito de espíritu diríamos sobrehumano, objeto por ello de perennes admiraciones.
Dicho lo cual, no cabe duda de que el motor de la corporación, a la que acabó por dar nombre la poéticamente llamada “Paloma de Capuchinos”, no era otro que el fervor de los miembros que se afanaban en honrar a sendos titulares, rindiéndoles culto y tratando de contagiarse, en su día a día, de la paz que inspiró el nacimiento de la hermandad, viviéndola “intensamente, por la búsqueda, conquista, y desarrollo de la paz interior individual; así como proyectándola de manera que la Hermandad lo sea plenamente en toda la extensión de la palabra; y difundiéndola después por la entrañable Córdoba y por el ancho mundo, como uno de los mayores bienes posibles. Anticipo de esa paz perfecta e inacabable – celeste – cuya posesión al final de esta vida terrena, es anhelo de todos los buenos cristianos”.





