Evangelium Solis, 💙 Opinión

Evangelium Solis | «Tomad, esto es mi cuerpo… Ésta es mi sangre»

Hoy los cristianos de todo el mundo celebramos la festividad del Corpus Christi. Hoy, por segundo año, iremos al interior de nuestros templos para adorar al Verdadero Jesús, a Jesús Sacramentado. Y a Gente de Paz llega un nuevo Evangelium Solis.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos:

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.»

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

Palabra del Señor

En este Evangelio se recuerda el memorial de la Pasión. El memorial no es una mera evocación del pasado, sino la reproducción de su fuerza y eficacia. El pasado irrumpe en el presente fermentándolo con su fuerza salvífica. No se trata de repetir un gesto sino de revivir su significado. Los judíos, siempre que recordaban los acontecimientos del pasado, trataban de actualizarlos. Así, cuando Josué pasa el rio Jordán, Dios manda que elija unas piedras del río y que construya un altar que sirva de memorial. En la CENA PASCUAL, se colocan los alimentos: cordero, panes ázimos, hierbas amargas, salsa roja. Y comienza la gran Catequesis. Se evoca la historia, se revive, se actualiza por medio de signos y gestos. El MEMORIAL ES UN HOY. Cuando dice: “Haced esto en memoria mía”, no quiere decir simplemente que nos acordemos de lo que Él ha hecho por nosotros sino que lo actualicemos, lo hagamos presente y vivamos los mismos sentimientos que tenía Jesús en aquella noche. No se nos entrega un simple pan, sino un PAN PARTIDO, un pan que se rompe por los demás.

Y con este Memorial, el alma se nos llena de Gracia. Es verdad que la Gracia se nos da por los sacramentos, pero en la Eucaristía se nos da al autor de la gracia. Por eso, en toda Eucaristía, bien celebrada, debemos llenarnos de su gracia. La Samaritana iba todos los días al pozo a buscar agua porque todos los días el cántaro se le quedaba vacío. Hasta que se encontró con Jesús que le dio “agua de manantial” y ya no tuvo necesidad de buscar aquella agua de antes. María, la madre de Jesús, ya tenía un nombre. Pero el ángel se lo cambia. Ya no se llamará María sino “La llena de gracia”. Lo que define la vida de María es el “estar llena de Dios”. Rezuma a Dios por todos los poros de su ser. Cuando María, después de la Resurrección, asistía a las celebraciones litúrgicas de los primeros cristianos y recibía la comunión “actualizaba” el misterio de la Encarnación. No es posible que, comulgando tantas veces, estemos tan vacíos por dentro, tan huecos. No es posible comulgar y llevar una vida tan tibia, tan mediocre, tan vulgar. Este mundo nuestro tan alejado de Dios, sólo lo salvarán los que, como María, están llenos del Espíritu de Dios.

El que se sienta en esta mesa de la Eucaristía tiene pasaporte para la vida eterna. Pero “el que come de este pan vivirá para siempre”. Pero hay algo más. La prenda ya es parte de la herencia. El cielo comienza ya en la tierra cuando nos alimentamos de la Eucaristía. Por eso en la Constitución de Liturgia del Concilio Vaticano II se nos dicen estas bellas palabras: “En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte de aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén”. Nuestras Eucaristías deben tener “sabor a cielo”. ¿Qué nos está pasando que la gente se nos va por aburrimiento? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Por qué no volver al amor primero, al gozo y al entusiasmo de nuestros primeros cristianos?

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