Hablar de Juan Berrocal es hacerlo de una de las figuras esenciales del mundo del costal contemporáneo en la ciudad de San Rafael, de uno de los capataces más importantes de la historia de las cofradías cordobesas, con una dilatada y contrastada experiencia al frente del martillo del paso de misterio de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, donde creó un estilo que muchos se han afanado por imitar.
Una figura insustituible, fundamental para comprender el universo de la trabajadera en Córdoba. Un capataz irrepetible que ha decidido poner punto y final a su extensa carrera después este Domingo de Resurrección. Una decisión meditada y muy sopesada, que tenía prevista desde hace tiempo y que ya ha sido confirmada a sus más íntimos, en la creencia de que «cada ser humano debe ser dueño de su tiempo». Cabe recordar que tenía intención de dejar el martillo tras el Domingo de Resurrección de 2020 si bien las circunstancias, sobradamente conocidas por todos, no le permitieron hacerlo como deseaba, al frente de un paso.
Su legado comenzó a fraguarse en 1980 al frente del palio de María Santísima de la Caridad, la dolorosa de la Hermandad del Buen Suceso, y a partir de 1984 al frente de la cuadrilla de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, su gran creación. Dirigiendo a los hombres que tienen el privilegio de llevar sobre sus hombros al Humilde Rey de Capuchinos, estuvo Juan Berrocal hasta el año 2006 dejando tras de sí una huella imborrable y un estilo inconfundible e imperecedero que perdurará para siempre en los anales de la Semana Santa de Córdoba, en el alma de la Cofradía de La Paz y Esperanza y en el corazón y el orgullo de todos aquellos que han tenido la fortuna de servir bajo su mando.
A lo largo de todo este periplo, Berrocal mandó a las cuadrillas de la Hermandad del Buen Suceso, de la Virgen de la Palma, de Nuestra Señora del Rosario Coronada, de la Virgen del Socorro y del Señor de la Caridad. Desde 2010 asumió la responsabilidad de diseñar un proyecto sólido en la Hermandad del Resucitado, ejerciendo como capataz general de la cofradía y poniendo los mimbres precisos para erigir los cimientos sobre los que construir el futuro.
Su marcha, que quienes le queremos y respetamos hemos acogido con una extraña sensación agridulce, mezcla de tristeza por ser conscientes de que concluye una era y de alegría derivada de la certeza de que con esta elección se materializa su deseo, supone el final de una época dorada en el alma de muchos costaleros, pero su herencia permanecerá para siempre grabada con letras de oro en la memoria colectiva y eterna de toda la Córdoba cofrade. Gracias, Juan, por todo lo que nos diste.

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