La Exposición con motivo del Centenario fundacional de la Federación de Cofradías de Granada ha puesto de manifiesto dos maneras de concebir una gran acontecimiento: la folclórica y la solemne. El primer día de traslados las Imágenes a la Santa Iglesia Catedral -sede de la exposición- tuvo el denominador común de una puesta en escena sin estridencias y con una seriedad digna de elogio.
Lo solemne encuentra en esta muestra su espacio natural. Al despojar a las imágenes del movimiento y el bullicio, se permite que el espectador se detenga en la unción de la gubia y en el mensaje teológico que cada pieza encierra. Es aquí donde el «Kerygma» —el anuncio— se vuelve íntimo, intelectual y profundo. Esta sobriedad no resta fuerza a la devoción, sino que la concentra, ofreciendo una oportunidad única para entender la Semana Santa como un hito cultural y espiritual que trasciende el tiempo y el espacio.
Muchos anhelan el traslado folclórico con pasos, formaciones musicales, bulla y demás elementos imprescindibles de este aspecto —entendido en su acepción más noble como la cultura de un pueblo— . En la ciudad de Granada vuelve a reinar el debate y la ligera dicotomía entre ambos mundos. Ese debate, lejos de ser una fractura, es el síntoma de una devoción que respira por dos pulmones distintos pero necesarios. Quienes echan de menos el rachear de un costalero o el desgarro de una corneta bajo el cielo del Albaicín no buscan el espectáculo por el mero divertimento, sino el lenguaje sensorial con el que sus antepasados les enseñaron a entender lo sagrado.
La resolución de esta dicotomía no pasa por la victoria de un bando sobre otro, sino por la aceptación de su complementariedad. Una Semana Santa que renunciara a su folklore perdería el alma y la capacidad de conectar con el corazón del barrio; pero una Semana Santa que olvidara su solemnidad y su rigor artístico se arriesgaría a convertirse en un cascarón vacío de contenido. El éxito radica en el equilibrio.
El debate seguirá vivo en las tertulias y en las esquinas, pero la realidad es que ambos mundos se retroalimentan: el folklore atrae y emociona, mientras que la solemnidad sostiene y explica.
Foto | Daniel Astorga





