La Chicotá de Nandel | El penúltimo servicio de Arce y Curro

Terminada la feria, poco que objetar. No he podido ir tanto como los años de antaño. Vivía en la feria, no nos vamos a engañar, pero porque me gustaba sobre todo encontrarme con amigos, con algunos que hacía años incluso que no veía. 

La charla, los bailes de Curro Sendra, su sola presencia, como los iconos que te dicen cada año que la vida sigue, y que va bien, porque todo está en su sitio, reconocible.

Este año, aunque Curro y Arce han echo el esfuerzo con su «trabajadera», no he reconocido tanto la feria, o al menos, la de siempre.

Los tiempos van cambiando, es verdad, algunos van quizá a vivir cosas, que no comprendan lo que yo les cuente en años venideros, no lo puedan entender, no han vivido una feria de… digamos, más «compadreo», más familiaridad. Familia en la feria, familia cofrade que se arremolinaba, sin tanta estreches, pues ya cada vez tenemos menos espacio, y ahora encima, las circunstancias hacen que lo tengamos casi en la autovía.

Casetas como «el mantoncillo», la caseta que monta nuestro amigo de «la venia», lugares que son de encuentro, de disfrute, en el mantoncillo me han tratado este año, vamos, con un trato sin igual, pero no es cofrade el lugar, no estábamos los cofrades, no es lo de siempre, lo de antaño.

Quizá ya esos años se hayan perdido. Quizá el año que viene tengamos otra vez suerte, pues este año hemos visto la suerte que hemos tenido tantos años gracias a David Arce y Curro, que sobre sus espaldas parecen haber echado cada año que tuviésemos nuestro sitio, nuestro lugar.

No sé qué pasará el año que viene, ni qué nos deparará la feria en el futuro, pero hay que agradecer al menos eso, el penúltimo servicio de Arce y Curro.