La Semana Santa de Córdoba lleva demasiados años atrapada en una contradicción tan evidente como pocas veces verbalizada con la contundencia necesaria: todo el mundo parece admitir, en voz baja, que la actual Carrera Oficial constituye una suerte de ratonera funcional, un espacio sometido a tensiones evidentes de movilidad, seguridad y lógica procesional, pero casi nadie se atrevía a poner negro sobre blanco una alternativa real. De ahí que merezca ser puesta en valor, con independencia de matices, la propuesta técnica formulada por la Hermandad de la Soledad de Córdoba, no solo por su contenido, sino por el mero hecho de romper la resignación instalada y plantear un debate que durante demasiado tiempo ha permanecido secuestrado por inercias, miedos y silencios. Porque la peor solución siempre es el inmovilismo, especialmente cuando el modelo vigente continúa condicionado por el capricho absurdo de obligar a que todo comience en la Puerta del Puente, convirtiendo el trazado en una suerte de pez que se muerde la cola, un circuito congestionado cuya lógica resulta difícilmente defendible desde parámetros organizativos contemporáneos.
La propuesta presentada posee para mi, además, un valor añadido imposible de ignorar: coincide de forma prácticamente milimétrica, desde la Cruz del Rastro hasta la Catedral, con el modelo defendido desde hace años por el director de este «pequeño rincón de libertad», Guillermo Rodríguez, quien ha venido planteando de manera reiterada una reorganización del trazado sustentada precisamente en un esquema lineal desde la Cruz del Rastro, discurriendo por Cardenal González, Magistral González Francés, acceso por Santa Catalina, el Patio de los Naranjos, la Puerta de las Palmas, el interior de la Santa Iglesia Catedral y salida diferenciada. Y, permítanme la osadía, quizá la propuesta de la Soledad incluso mejora aquella defendida desde esta casa, pues subsana uno de los reparos que podía suscitar el planteamiento original: la eventual pérdida de palcos y sillas, ampliando el recorrido desde Diario de Córdoba, lo que permite sostener el incremento de aforo, reforzar la sostenibilidad económica y ganar espacio operativo mediante un itinerario que alcanza alrededor de 1.210 metros en vía pública, además de aproximadamente 200 metros en el interior de la Catedral.
Pero lo verdaderamente relevante no reside únicamente en el itinerario. La gran virtud de este modelo es que introduce una lógica organizativa frente al desorden heredado. La propuesta combate lo que técnicamente se ha denominado “efecto de círculo cerrado”, responsable de numerosos cuellos de botella y tensiones operativas, mediante un esquema estrictamente lineal, diferenciando físicamente entrada y salida de cortejos, mejorando los tiempos, reduciendo colapsos y reforzando la seguridad ciudadana mediante vías claras de evacuación hacia Deanes, Torrijos, Amador de los Ríos, Doctor Fleming, la Puerta del Puente, el Puente Romano o la Ronda de Isasa. A ello se suma un reequilibrio territorial nada desdeñable para las corporaciones del oeste, del sur y del este, simplificando recorridos y eliminando rodeos innecesarios que, desde hace años, forman parte del paisaje resignado de nuestra Semana Santa.
¿Que la propuesta no es perfecta y puede terminar perjudicando parcialmente a algunas cofradías? Obviamente. Ninguna alternativa de Carrera Oficial será jamás plenamente satisfactoria para todos, porque la propia naturaleza del problema hace imposible alcanzar un equilibrio absoluto entre intereses, recorridos, tiempos y necesidades logísticas. La cuestión, por tanto, no debería consistir en perseguir una solución ideal e inexistente, sino en atreverse a construir aquella que, aun siendo imperfecta, consiga optimizar el conjunto —que sea la mejor posible, sin renunciar a la Catedral—, reduzca los problemas estructurales y ofrezca el mayor beneficio factible a la mayoría. No se trata de encontrar un modelo perfecto —porque sencillamente no existe—, sino de aproximarse al mejor modelo materializable, aun sabiendo que para alguna corporación concreta jamás será exactamente el deseado.
Naturalmente, toda propuesta es discutible, perfectible y susceptible de matices. Faltaría más. Pero lo verdaderamente insoportable sería regresar al inmovilismo de quienes convierten cualquier debate en anatema mientras defienden como dogma un modelo que hace tiempo dejó de responder a las necesidades reales de la ciudad y de las hermandades. Porque quizá la enseñanza más valiosa de este debate no sea si la propuesta de la Soledad terminará aplicándose o no, sino el hecho —casi revolucionario en determinados ambientes cofrades— de que alguien, por fin, se haya atrevido a repensar, a proponer y a discutir el futuro sin resignarse a seguir caminando dócilmente por una ratonera convertida en costumbre.





