Se venía anunciando desde hace ya mucho tiempo, tal vez más de lo que quepa pensar en un primer momento y también más de lo que haya podido parecer de cara a la galería. Se estrena un esperado Gente de Paz, con un formato distinto, hecho a medida, se podría decir, más estudiado y más personal que, a pesar de marcar el punto de partida de un nuevo período no deja de ser el resultado y la continuidad de una labor diaria, perseverante y entusiasta por parte de quienes hacen de este proyecto una realidad.
Sin duda, este paso adelante significa la materialización del cambio al que a veces somos tan reticentes y la consecuencia de un crecimiento colectivo. Y digo colectivo porque, al margen de intenciones y voluntades, todos los factores juegan un papel esencial y determinante. Más allá de un director y sus redactores se encuentran, por supuesto, los lectores que acuden a un determinado medio – ya sea para informarse o satisfacer la curiosidad de la que en ocasiones somos tan presos – y, con ellos, aparecen tanto simpatizantes como detractores que no dudan en expresar su opinión de uno u otro modo, contribuyendo con ello a una incuestionable repercusión, independientemente de que esto les guste más o menos.
No se puede negar que, a pesar de que tanto en el antiguo como en el nuevo espacio de Gente de Paz, la actualidad cofrade ocupa un lugar preferente, ya sea para conocer el presente o imaginar el futuro – y aunque por suerte, al menos bajo mi particular punto de vista, siempre hay espacio para una mirada al pasado que ayude a entender mejor el momento actual – la libertad de expresión, ejercida por todos aquellos que de modo semanal nos traen sus personales artículos de opinión, ha levantado ampollas en múltiples círculos, suscitando no pocas antipatías y logrando, a su vez, llamar la atención de una buena parte de nuestra comunidad.
Sin embargo, después de las numerosas polémicas, intereses y desencuentros – que en definitiva no son otra cosa que reacciones humanas dentro de un contexto determinado – también por suerte, a veces y solo a veces, vuelve la calma, los fuegos se apagan, las heridas cicatrizan y termina por prevalecer el trabajo que Gente de Paz en su conjunto es capaz de realizar, haciéndose eco de la desbordante actividad y la vida cofrade que no se reduce a siete días del año y convirtiendo en una rutina lo que innumerables generaciones han vivido hasta hace bien poco como algo que, aunque era cogido con inmensa ilusión, siempre dejaba con ganas de más. Por eso y a buen seguro, este medio seguirá haciendo uso de todos los casi inagotables recursos que el presente pone a nuestra disposición para hacer del universo cofrade y todo lo que ello entrañe una constante en unas vidas que, de por sí, ya estaban ligadas a él.





