La crónica | La apoteósica salida de la Paz y Esperanza Coronada se ve enturbiada por un retraso de dos horas y un final de itinerario incomprensible

La procesión triunfal protagonizada por la Virgen de la Paz y Esperanza tras ser coronada en la Santa Iglesia Catedral por el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, ha tenido dos partes perfectamente diferenciadas. Una primera, que bien podría catalogarse de apoteósica, en la que la Reina de Capuchinos ha navegado, literalmente, en un mar de fe y de emociones que se ha multiplicado por todos los rincones que ha recorrido desde el templo Mayor de la Diócesis hasta la Real iglesia de San Pablo y una segunda parte diametralmente distinta.

Después de la histórica misa estacional de coronación pontificia vivida entre los muros del templo catedralicio a primera hora de la tarde, a las 20:30 horas, con puntualidad británica, se abrieron de par en par las puertas que sirven de frontera entre el bosque de columnas de la antigua Mezquita Aljama y el Patio de los Naranjos para que la cruz de guía que abría el cortejo de la cofradía comenzara su itinerario de vuelta a Capuchinos en el preciso instante en el que la banda de cornetas y tambores Nuestra Señora de la Salud comenzaba a desgranar las primeras notas de uno de los estrenos de la noche, la marcha La Paz, que se fundieron con los aplausos del respetable al constatar que la procesión daba comienzo.

Tras el nutrido cortejo de representaciones que conformaban la puesta en escena concebida por la Junta de Gobierno de la Corporación capuchina los ciriales anunciaron la llegada de la Niña de Cerrillo, ataviada con la saya diseñada por Rafael de Rueda en 2016 y realizada en el prestigioso taller de Jesús Rosado Borja, que fue bendecida en la Cuaresma de 2018. La Paloma de Capuchinos lucía, como no podía ser de otro modo, la excepcional corona realizada por el orfebre Manuel Valera que horas antes pusiera sobre sus sienes el obispo. El exorno floral del paso de palio, que salió a la calle mandado por Rafael Muñoz y Juan Berrocal, estaba realizado en tonos crema, blancos y rosa palo, mezclando un estilo elegante pero silvestre, aportando movimientos con detalles de algunas variedades florales.

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Desde ese preciso instante los acontecimientos se fueron precipitando. Envuelta en una marea incalculable, la Reina de Capuchinos, excelsa, radiante, alegre y elegante, se convirtió en protagonista absoluta de las miradas de los miles de cofrades, fieles y devotos que se agolpaban a su paso convirtiendo esta salida extraordinaria en la más multitudinaria que se recuerda en la ciudad de San Rafael. Inmediatamente después de abandonar la estrechez de Deanes tuvo lugar uno de los momentos más espectaculares de la noche, la petalada que se precipitó sobre la Madre de Dios en la calle Conde y Luque, a la que siguieron dos más: una en la calle Santa Victoria y otra más en la calle San Pablo.

En Santa Victoria, cuyos primeros metros recorrió el paso de palio al compás de Pasan los Campanilleros, magistralmente interpretada por la banda municipal de Arahal que rayó a un nivel sobresaliente durante toda la noche, el Coro Paz y Esperanza ofrendó una sevillana a la Virgen, seguida de un Ave María cantada al violín. Inmediatamente después, sonaron las notas de Paloma Cordobesa, que se fundieron con los fuegos artificiales en honor a la Virgen coronada.

Otro de los momentos sobresalientes de la noche tuvo lugar en la iglesia de San Pablo a cuyas puertas la Hermandad del Rocío de Córdoba dispuso un altar para recibir a la titular mariana de la hermandad con la que está hermanada desde el año 1998. Instantes de especial emoción, que provocaron el brillo en la mirada de buena parte de los asistentes, se vivieron cuando la Virgen se giró hacia la réplica de la Virgen del Rocío a la que la filial rociera le rinde pletesía, mientras la banda de Arahal interpretaba la marcha Coronación en el Rocío, basada en el himno del centenario de la coronación de la Blanca Paloma compuesto por Rafael Serna que fue acompañado por el canto de parte del público.

Procesión extraordinaria Coronación Canónica Pontificia Paz y Esperanza
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La salida de Capitulares fue testigo de otro instante para el recuerdo cuando la banda de cornetas y tambores Nuestra Señora de la Salud regaló a la Virgen una interpretación de la marcha Paz y Esperanza. Un hermoso detalle por parte de la banda que acompaña cada Miércoles Santo el paso de misterio de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia que evidencia la estrecha relación existente entre la Hermandad y la formación musical, ejemplificada también por las insignias de la hermandad que lucieron todos los componentes de la banda.

El último momento álgido de la noche se vivió en la calle San Pablo en virtud de la tercera petalada recibida por la Virgen, curiosamente también a los sones de la marcha Paz y Esperanza, que fue acompañada por el canto de muchos hermanos y vítores a la Virgen. Todo ello con un cortejo considerablemente reducido, toda vez que el protocolo establecía que las numerosas representaciones que conformaban la procesión abandonasen su puesto en el Ayuntamiento, en la calle Capitulares, y con una apreciable reducción de público que se fue acrecentando drásticamente a partir de este enclave, salvo momentos puntuales. Muchos se preguntaron entonces si realmente era necesario bajar hasta San Andrés y pasar por Santa Marina cuando la noche ya se había convertido en madrugada o si tal vez hubiese sido preferible buscar los Jardines de La Merced por un recorrido mucho más directo.

Lo cierto y verdad es que el trasiego por la calle Enrique Redel, donde se encuentra la casa de Juan Martínez Cerrillo, ya dejaba entrever que lo que hasta San Pablo había sido una ingente multitud arropando al cortejo, se iba minimizando considerablemente. El desangelado paso por Santa Marina redundó en esta carencia, todo ello potenciado porque a partir de estas calles el caminar de la cofradía fue mucho más apresurado. Cabe destacar que en la calle Capitulares el cortejo acumulaba ya dos horas de retraso, por lo que si se mantenía la progresión, cabía esperar que el sol ya estuviese en el firmamento cuando el cortejo llegase al convento de Capuchinos.

Bien porque esto no ocurriese o quizá por la advertencia de la Policía Local, la cofradía se vio en la tesitura de tener que acelerar la marcha, multiplicando la incomprensión de quienes entendían que este tramo del itinerario sencillamente sobraba. De haber tirado por la calle Alfaros desde San Pablo, por poner un ejemplo válido, no se hubiese llegado a unos Jardines de La Merced semi vacíos en torno a las cinco de la mañana. El insólito devenir de la Virgen de la Paz y Esperanza por un enclave, que cada Miércoles Santo es una auténtica marea humana, motivó incluso el enfado de miembros del cortejo incapaces de entender que no se hubiese optado por un recorrido más lógico evitando llegar a Capuchinos al filo de las seis de la mañana.

Nuevamente, los fuegos artificiales sirvieron de ofrenda rotunda para la Reina de Capuchinos, mientras algunos abuelos de la residencia anexa a la Iglesia hospital de San Jacinto observaban embelesados a la Virgen de la Paz que, dulcísima, regresaba a casa después de haber derramado su magia por las calles de Córdoba.

En definitiva, un epílogo innecesario que ha enturbiado lo que hasta San Pablo estaba siendo magnífico, por el empecinamiento de regresar a Capuchinos a altas horas de la madrugada. ¿Se imaginan lo que hubiese sido llegar a los Jardines de Colón a reventar a una hora normal? Exactamente, la guinda perfecta para una jornada histórica e irrepetible. Un lunar que, no obstante, no debería mancillar un día memorable que ya forma parte de la memoria colectiva de los hermanos de la Paz, pese a que quede el regusto amargo de no poder terminar con sobresaliente lo que hasta San Pablo fue excepcional. Una auténtica pena. Esperemos que al menos sirva para que algunos aprendan la lección, no se empecinen en alargar itinerarios artificialmente y se dejen de experimentos en horario discotequero.