La hermandad es el eje, el núcleo, el centro. La cofradía no es otra cosa que la hermandad en la calle, cumpliendo, eso sí, su fin principal. La protestación pública de la fe. Las hermandades están para evangelizar y para ayudar a los que lo necesitan. La hermandad lo es todo. Su función es aglutinar esfuerzos para desempeñar su función, dentro siempre de la Iglesia, pues no hay que olvidar, que las hermandades son Iglesia. Por ello sus dirigentes deben de huir del egocentrismo, del protagonismo, de la notoriedad, de la pompa y sobre todo de creerse imprescindibles en la corporación.
Las hermandades cuando se ponen en la calle, precisan de una puesta en escena para atraer al fiel. Al menos así debe de ser. Hoy esa puesta en escena, la mayoría de las ocasiones, toma un cariz que termina por velar el verdadero sentido de una hermandad en las calles. Lo que debe de ser un acto principal de nuestra fe como cristianos, se ha convertido en una feria de vanidades, que, en ocasiones, desgraciadamente las muchas, termina velando el fin autentico de una estación de penitencia.
Todo viene por el inmenso protagonismo que, en nuestros días, han tomado quienes no son más que meros servidores de la hermandad y cofradía. Es triste, muy triste, que hoy lo superficial, lo banal, lo accesorio, tenga un reconocimiento exacerbado sobre lo que debe de primar en nuestra Semana Santa. Lo que antes no era más que un complemento, o una necesidad para el desarrollo de la procesión, hoy es el punto de todas las miradas. Hoy no se mira a las imágenes con devoción. No se reconoce lo que se debe de reconocer, que no es otra cosa, que las imágenes representan a Dios hecho carne y a su bendita Madre. Hoy vemos piezas, objetos, estatuas. No miramos la unción sagrada -qué difícil es conseguirla-, miramos la ejecución, los estudios anatómicos, el realismo, la policromía, mas o menos acertada, la disposición de sus vestiduras y aditamentos. Triste, pero es la pura realidad.
Miramos, u oímos, marchas que armónicamente y compositivamente superan con creces el mero objeto de acompañar. Se esperan los acordes de solos de metal interminables y se aplaude cualquier cosa que tiempos pasados era impensable. La banalidad, lo insustancial, lo superficial, prima ante cualquier cosa coherente.
Decía alguien en un pregón, que el costalero, y todo lo que lo rodea, no eran más que servidores de la cofradía. Tiempos pasados por un salario, y hoy por afición a un trabajo, aunque se pretenda disfrazar con una impostada devoción. El mundo de abajo ha alcanzado un poder notorio en el seno de las hermandades de hoy. Una cuadrilla de costaleros, movida por un capataz, puede echar abajo cualquier cabildo como se lo proponga. Puede cambiar el curso de una línea acertada en la vida de la hermandad, por otra sesgada y vista bajo un prisma muy distinto. Ni decir tiene que pueden cambiar el estilo de una hermandad en la calle. Donde antes era sobriedad, ahora puede ser alharacas y coreografías. Donde antaño era aroma a barrio, a pueblo, ahora puede ser añejo, burgués, y triste. A la vista está. Una cuadrilla de costaleros, puede hacer cambiar el curso de un cauce. Ejemplos recientes tenemos. ¡Que arrepentidas estarán aquellas cofradías que obligaban por decreto, ingresar en la nómina de hermanos a todos los que querían acceder a las trabajaderas! En el pecado llevan la penitencia. Antaño eran las hermandades las que nombraban a los capataces, hoy son los costaleros los que pueden nombrar a los capataces. Paradojas de la vida.
Falta cultura cofrade, y también cristiana. Cada cual debe de saber el lugar que ocupa. El papel que representa en el día a día de una hermandad. Se puede ser costalero, pero antes hay que ser hermano y con ello participar en la vida de la corporación. El costalero, o una cuadrilla de ellos, jamás deben de ser un grupo de presión, como así no tratar de imponer unos criterios interesados. Ya se sabe, “ni quito ni pongo rey, pero defiendo a mi señor”.
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