Vivimos instalados en la dictadura de la inmediatez. Todo debe saberse antes que nadie, aunque nadie se detenga a preguntarse si realmente merece la pena saberlo cinco segundos antes o si, sencillamente, es verdad. Se ha confundido la velocidad con el periodismo y la precipitación con la excelencia profesional. Como si el prestigio de un medio de comunicación pudiera medirse por unas décimas de segundo de ventaja sobre la competencia y no por la credibilidad acumulada durante años. Sin embargo, el periodismo nunca consistió en llegar primero, sino en llegar bien. Porque una noticia falsa difundida durante apenas unos segundos sigue siendo una noticia falsa. Y el daño que puede provocar no se mide por el tiempo que permanece publicada, sino por el hecho mismo de haber sido presentada como cierta. La profesionalidad no admite atajos. Contrastar una información antes de difundirla nunca constituye una pérdida de tiempo; constituye exactamente la esencia del oficio.
Precisamente por ello resulta especialmente preocupante comprobar cómo algunos sucumben con excesiva facilidad a la tentación de convertir un rumor en noticia. Ha ocurrido hace escasas horas. Una información manifiestamente falsa comenzó a circular por determinados foros, probablemente con la única intención de comprobar quién mordía el anzuelo. Y alguien lo hizo. Apenas fueron unos segundos, es cierto. Pero bastaron para que aquella falsedad abandonara el terreno de la rumorología y adquiriera, por obra y gracia de un medio de comunicación, apariencia de información veraz. Horas más tarde, realizadas ya las comprobaciones que debieron efectuarse antes de pulsar el botón de publicar, el mismo protagonista pretendía erigirse en adalid del rigor denunciando que un bulo había recorrido las redes sociales. Lo que olvidó explicar es que él mismo había contribuido decisivamente a darle carta de naturaleza periodística. Porque desmontar un bulo después de haberlo difundido no convierte automáticamente a nadie en ejemplo de buen periodismo.
La diferencia entre un medio de comunicación y una cuenta anónima en cualquier red social no puede reducirse únicamente al logotipo que aparece en la cabecera. Un medio asume una responsabilidad pública que obliga a elevar el nivel de exigencia hasta extremos casi obsesivos. Los periodistas no estamos para amplificar cualquier comentario que llega a nuestros teléfonos móviles ni para convertir cada susurro en un titular. Para eso ya existen los perfiles anónimos, los fabricantes profesionales de cotilleos y esos personajes tóxicos que viven instalados en la permanente adivinación, convencidos de que acertar dos de cada quince rumores les convierte automáticamente en periodistas. No lo son. Nunca lo serán. Difundir especulaciones esperando que alguna termine convirtiéndose en realidad no constituye una forma de ejercer el periodismo; constituye exactamente lo contrario. El rigor comienza precisamente donde termina la ansiedad por ser el primero.
Conviene recordarlo ahora que la desinformación circula con una facilidad extraordinaria y que las noticias falsas encuentran en las redes sociales un terreno fértil para multiplicarse. Los medios de comunicación tienen la obligación moral de actuar como diques de contención frente a ese fenómeno, no como aceleradores del mismo. Puede ocurrir que, por extremar las comprobaciones, otro publique unos segundos antes. No pasa absolutamente nada. La primicia dura un instante; la credibilidad acompaña —o condena— durante toda una trayectoria profesional. Quien de verdad aspire a ejercer este oficio con dignidad debe aceptar que, en ocasiones, el mejor titular es precisamente aquel que todavía no se ha publicado porque continúa siendo objeto de verificación. El periodismo no consiste en contar todo lo que se oye. Consiste, precisamente, en distinguir aquello que merece ser contado de aquello que únicamente merece seguir siendo un rumor.





