Hay derrotas que dignifican y victorias que envilecen. Hay equipos que pueden levantar una copa y, sin embargo, descender moralmente varios peldaños por debajo de quienes acaban de derrotarles. Y hay derrotados que, aun contemplando cómo otro recibe el trofeo que acredita su superioridad, conservan la suficiente grandeza para reconocer el mérito ajeno. La selección argentina ha vuelto a ofrecer el reverso más miserable del deporte, demostrando que hace cuatro años no supo ganar y que ahora tampoco ha sabido perder frente a la selección española. Patadas, puñetazos y una actitud impropia de quien pretende representar la grandeza de una nación; jugadores dando la espalda mientras el equipo español recogía la copa que lo consagraba como la mejor selección nacional del mundo; un catálogo de comportamientos que retrata algo mucho más profundo que una simple derrota deportiva: la incapacidad de aceptar que, en ocasiones, otro ha sido mejor. Y conviene recordar que no se trata de un episodio aislado. Cuando Argentina se proclamó campeona hace cuatro años dejó tras de sí diversos capítulos bochornosos, desde las mofas dirigidas contra Holanda después de eliminarla en la tanda de penaltis de los cuartos de final hasta la patética escena protagonizada por su guardameta al recoger el premio que lo acreditaba como el mejor portero del torneo, entre otros episodios que evidenciaron que la victoria, cuando se celebra desde la mezquindad, puede resultar tan indecorosa como una derrota mal encajada. Porque el señorío no se compra con títulos, la grandeza no se obtiene levantando trofeos y la categoría no aparece automáticamente en el palmarés. Hay quienes ganan y siguen siendo pequeños. Y hay quienes pierden y, precisamente por la manera en que afrontan la derrota, demuestran ser enormes.
Lo ocurrido debería servir como una reflexión mucho más amplia sobre una realidad que trasciende con mucho el fútbol. En la victoria y en la derrota hay una pedagogía moral, una manera de revelar quién es realmente cada cual cuando las circunstancias le colocan ante el espejo. Ganar exige humildad para no convertir el triunfo en una exhibición de arrogancia; perder exige madurez para aceptar que el mérito ajeno no constituye una ofensa personal. Y pocas imágenes podrían expresar mejor esa diferencia que la de Unai Simón, guardameta de la selección española, consolando uno a uno a los futbolistas argentinos después de la derrota, acercándose a quienes acababan de perder para ofrecerles un gesto de humanidad cuando otros habían elegido la violencia, el desprecio o la espalda vuelta. Eso también es ganar: saber que se ha alcanzado la gloria sin necesidad de pisotear a quien acaba de caer. Frente a quienes necesitan humillar cuando vencen o buscar culpables cuando pierden, el portero español ofreció una lección de señorío, grandeza y categoría, demostrando que la superioridad deportiva no tiene por qué desembocar en superioridad moral y que, precisamente cuando se está en la cima, es cuando más necesario resulta recordar la dignidad de quien permanece abajo. Sin embargo, existen individuos incapaces de comprender ninguna de las dos cosas. Si vencen, necesitan humillar; si pierden, necesitan buscar culpables, enemigos, conspiraciones o cualquier mecanismo que les permita evitar la insoportable evidencia de que alguien ha sido mejor. Probablemente muchas de estas actitudes tengan su origen en la falta de educación, de categoría y de una mínima formación moral, porque no todo se aprende en los libros ni todo se adquiere en los campos de juego. También se aprende a ganar sin pisotear, a perder sin morder, a reconocer el mérito del adversario y a comprender que la derrota no convierte al vencedor en un enemigo. Pero esa enseñanza parece haber desaparecido de demasiados ámbitos. Y, por supuesto, el mundo cofrade no es una excepción. También aquí hay quienes convierten cada elección, cada contrato, cada decisión y cada disputa en una guerra de exterminio, como si detrás de una victoria ajena se escondiera una afrenta que solo pudiera ser reparada mediante la venganza.
Todos hemos conocido, porque la memoria de las hermandades está llena de episodios que difícilmente pueden calificarse de cristianos, situaciones en las que la victoria de un sector en unas elecciones ha sido seguida por un inconcebible cobro de facturas a antiguos dirigentes, miembros de la candidatura derrotada o incluso familiares y personas cercanas a quienes tuvieron la osadía de concurrir en el bando equivocado. También hemos asistido a campañas de acoso y derribo contra capataces o formaciones musicales, sostenidas con una ferocidad que habría resultado difícil de justificar incluso en un conflicto de mayor trascendencia, y que, una vez alcanzado el objetivo, han desembocado en la mofa, la burla o directamente el insulto por parte de quienes habían conseguido imponer su voluntad. Y, en el extremo contrario, también hemos contemplado los insultos exacerbados de quienes han perdido una vara dorada, un puesto, una elección o un contrato, como si la frustración personal autorizara a convertir al vencedor en objeto de una persecución sin límites. Unos no saben perder y convierten la derrota en resentimiento, odio y sed de revancha; otros no saben ganar y transforman la victoria en arrogancia, desprecio y voluntad de humillar. Son comportamientos distintos en su manifestación, pero igualmente reveladores de una preocupante ausencia de grandeza. Porque quien pierde y se dedica a destruir al vencedor demuestra que no posee la altura necesaria para aceptar el resultado, pero quien vence y utiliza su posición para ajustar cuentas demuestra algo no menos miserable: que jamás tuvo la categoría suficiente para administrar el triunfo. El problema, por tanto, no es únicamente la derrota mal encajada ni exclusivamente la victoria celebrada con soberbia, sino la incapacidad de unos y otros para comprender que la dignidad no depende del resultado.
Y quizá por eso todas estas actitudes resulten todavía más vergonzosas cuando se producen en el ámbito cofrade. Porque aquí, al menos en teoría, hablamos de cristianos, de fraternidad, de humildad, de servicio y de caridad. No parece demasiado razonable invocar al Evangelio mientras se alimenta el odio contra quien piensa diferente, mientras se destruye la reputación de un adversario, mientras se ajustan cuentas personales con quienes han perdido unas elecciones o mientras se celebra una victoria mediante el desprecio y la humillación de quienes han quedado atrás. La cruz no puede ser un decorado detrás del cual esconder comportamientos miserables. Ni la medalla puede convertirse en una patente de corso para ejercer la crueldad. Ni la túnica, ni el cargo, ni la vara, ni el contrato, ni la influencia conceden a nadie el derecho a comportarse como un energúmeno. La vida, tarde o temprano, coloca a cada cual en su sitio, y la memoria suele ser mucho más severa que cualquier aplauso momentáneo. Por eso convendría recordar algo elemental: se puede ganar y perder al mismo tiempo. Se puede conquistar una elección y perder la dignidad. Se puede conseguir un contrato y perder el respeto. Se puede derrotar a un adversario y quedar moralmente por debajo de él. Y también se puede perder una votación, una vara o un acompañamiento musical y conservar intacta la grandeza. Porque la verdadera victoria no consiste únicamente en llegar primero, sino en saber qué hacer cuando se llega. Y la verdadera derrota no consiste en quedar atrás, sino en convertirse en aquello que uno mismo decía combatir.





