La revirá | Córdoba exporta su música mientras los snobs meacolonias siguen buscando fuera lo que tienen en casa

Hay una evidencia que, por mucho que algunos se empeñen en ignorarla, termina imponiéndose con la contundencia de los hechos: la música procesional cordobesa atraviesa un momento de una categoría extraordinaria. Y no lo hace únicamente en el ámbito doméstico, ni necesita de campañas de autobombo, de reconocimientos impostados o de discursos autocomplacientes para demostrarlo. Lo hace de la manera más eficaz que existe: contrato a contrato, ciudad a ciudad y actuación tras actuación. Dos noticias recientes resultan suficientemente elocuentes. Por un lado, la Banda de la Salud de Córdoba pondrá su música al Santísimo Cristo de la Exaltación de Málaga durante el Miércoles Santo de 2027. Por otro, la Agrupación Musical Cristo de Gracia ha sido incorporada al proyecto musical de la Hermandad de la Exaltación de Jerez, junto a la Agrupación Musical de la Encarnación y la Banda de Música AMUECI. Dos contratos en dos ciudades que albergan dos de las Semanas Santas más importantes de Andalucía —porque, convendría recordarlo de vez en cuando, Andalucía no empieza ni termina en Sevilla— y dos decisiones que constituyen una demostración palpable del nivel que atesoran las formaciones musicales cordobesas. Mientras algunos meacolonias siguen mirando al exterior con una mezcla de snobismo barato, ignorancia supina y complejo provinciano, otros, bastante más inteligentes, han entendido que en Córdoba existe una música procesional de primerísimo nivel.

Lo verdaderamente revelador de estos acuerdos no es solamente que dos formaciones cordobesas hayan encontrado acomodo en proyectos de indudable relevancia fuera de la capital. Lo significativo es que no se trata de una casualidad, de un golpe de fortuna ni de una concesión graciosa. Cuando una formación es requerida para acompañar a una imagen en una Semana Santa de la dimensión de Málaga, cuando otra es incorporada a un proyecto musical de la importancia de Jerez, lo que existe detrás es una trayectoria, una preparación, una solvencia y una capacidad artística que no se pueden fabricar de la noche a la mañana. Existe trabajo. Existe disciplina. Existe talento. Existe una manera de entender la música procesional que ha permitido a Córdoba convertirse en una auténtica cantera de formaciones capaces de competir —y de ganar— en escenarios de primer orden. Pero aquí seguimos padeciendo, en demasiadas ocasiones, esa vieja enfermedad de quienes consideran que todo lo que viene de fuera es automáticamente superior a lo que se crea en casa. El papanatismo, cuando se disfraza de criterio, sigue siendo papanatismo. Y hay quienes parecen necesitar que una formación cordobesa sea contratada fuera, a cientos de kilómetros, para descubrir entonces que quizá, solo quizá, tenía un nivel que llevaban años ignorando mientras suspiraban por cualquier nombre de relumbrón venido de otra ciudad.

La nómina, además, no termina en estas dos formaciones. Ahí están la Banda de Música de la Estrella, la Agrupación Musical Redención de Córdoba o la Banda de la Esperanza, por citar únicamente algunos ejemplos de un panorama mucho más amplio y diverso. Cada una desde su propia personalidad, desde su particular lenguaje y desde sus diferentes trayectorias, constituye una prueba de que la música procesional cordobesa posee una calidad y una categoría incalculables. No hace falta construir una ficción alrededor de ella ni presentarla como algo que todavía está por llegar. La realidad ya está aquí y puede comprobarse en los contratos que se firman, en los escenarios a los que se accede y en la confianza que depositan hermandades de otras ciudades en formaciones nacidas y desarrolladas en Córdoba. La música cordobesa no necesita pedir permiso para sentarse en la mesa de los grandes. Lleva tiempo demostrando que tiene méritos suficientes para hacerlo por derecho propio. Otra cosa es que algunos, instalados en una permanente fascinación por todo aquello que consideran más prestigioso por el simple hecho de proceder de fuera, prefieran pagar el peaje del esnobismo antes que reconocer el valor de lo que tienen delante de sus narices.

Porque quizá el problema no esté en que las hermandades contraten formaciones de otras ciudades, algo perfectamente legítimo y enriquecedor, sino en la absurda convicción de que la excelencia siempre tiene acento ajeno. Nadie debería cuestionar la libertad de cada corporación para elegir la música que considere más adecuada, pero sí resulta legítimo señalar la contradicción de quienes convierten la procedencia en un criterio de superioridad y contemplan con reverencia cualquier formación foránea mientras infravaloran sistemáticamente a las de su propia tierra. Málaga y Jerez han vuelto a poner el foco sobre Córdoba y lo han hecho de la mejor manera posible: confiando en su música. Tal vez ha llegado el momento de que algunos cordobeses dejen de mirar al exterior con complejo de inferioridad y comprendan que tienen en casa una música procesional de auténtica Champions, capaz de medirse con cualquiera y de ocupar, por méritos propios, los lugares de privilegio que durante demasiado tiempo algunos han creído reservados para otros. La próxima vez que alguien busque fuera lo que tiene en casa, quizá convendría recomendarle algo tan sencillo como abrir los ojos. Aunque, para eso, naturalmente, hace falta bastante más criterio que snobismo.