La revirá | No nos falta tiempo, nos sobra desorden

Hay una costumbre profundamente arraigada en nuestra época: lamentarnos de que las horas no alcanzan, de que los días se escapan y de que la vida se ha convertido en una sucesión vertiginosa de obligaciones para las que nunca parece existir tiempo suficiente. Sin embargo, quizá el problema no resida tanto en la escasez de horas como en la manera en que decidimos —o permitimos— que transcurran. La cuestión no es únicamente cuánto tiempo tenemos, sino a qué lo entregamos, qué sacrificamos por él y qué partes de nuestra existencia dejamos abandonadas mientras perseguimos aquello que consideramos prioritario. Hace casi dos mil años, Lucio Anneo Séneca reflexionó en De brevitate vitae (Sobre la brevedad de la vida) sobre esa relación entre la existencia y el modo en que la administramos, dejando una enseñanza cuya vigencia resulta extraordinaria. Y esa reflexión encuentra en el mundo de las cofradías un terreno particularmente fértil. Porque existen personas que han convertido la hermandad en el centro absoluto de su universo, en el principio y el fin de cada jornada, en la explicación de cada decisión y en el destino de cada minuto libre. Todo gira alrededor de la cofradía: la junta de gobierno, el culto, el ensayo, el montaje, la convivencia, la reunión, el grupo de WhatsApp, la discusión, el proyecto, la elección, el cargo, el acompañamiento musical, la priostía, la candidatura y la permanente necesidad de estar presentes en todo. Y, mientras tanto, la vida verdadera —la que transcurre lejos de las bambalinas, de los despachos y de los pasos— comienza a quedar relegada a un segundo plano hasta desaparecer lentamente del horizonte.

No hay nada censurable en amar profundamente una hermandad, en dedicarle tiempo, esfuerzo y sacrificio, ni en convertir el servicio a los demás en una parte importante de la propia existencia. Las cofradías necesitan personas comprometidas, capaces de entregar horas, talento, trabajo y generosidad para sostener una realidad que, sin la implicación de muchos, sencillamente no podría sobrevivir. El problema aparece cuando la dedicación deja de ser una parte de la vida para convertirse en toda la vida. Cuando la hermandad deja de ser un espacio de encuentro y servicio para convertirse en una suerte de refugio permanente, una identidad exclusiva o incluso una excusa para no afrontar el resto de las responsabilidades y afectos que conforman la existencia. Hay quienes dedican a la cofradía las horas que deberían compartir con su familia, quienes sacrifican sistemáticamente el descanso, quienes abandonan amistades, quienes descuidan su trabajo y quienes convierten cualquier forma de ocio ajena a la hermandad en una especie de traición a su propia causa. La familia queda para cuando no hay cabildos; el trabajo, para cuando no hay montajes; los amigos, para cuando no hay reuniones; el descanso, para cuando no hay nada cofrade que hacer. Y lo más paradójico es que muchos de quienes viven de ese modo terminan proclamando que no tienen tiempo, cuando probablemente lo que han hecho es entregárselo por completo a una sola dimensión de su existencia. Una dimensión que puede ser extraordinaria, apasionante y espiritualmente enriquecedora, pero que nunca debería devorar todas las demás.

Porque una vida plena no puede construirse sobre una única columna. El ser humano necesita afectos diversos, responsabilidades distintas, espacios de silencio, momentos de ocio y relaciones que no estén condicionadas por una medalla, un cargo o una túnica. Necesita hablar de algo que no sea una hermandad, compartir una mesa sin que la conversación termine inevitablemente en una elección, descansar sin sentir que está perdiendo una oportunidad de estar presente, disfrutar de su familia sin mirar constantemente el teléfono por si llega el próximo mensaje del grupo de gobierno y recordar que, antes de ser hermano mayor, diputado, capataz, prioste, músico, costalero, vestidor o miembro de cualquier órgano de una corporación, se es una persona con una vida que merece ser vivida en toda su amplitud. La obsesión por ocupar todos los espacios, por estar en todas partes y por resultar imprescindible en cada asunto también puede esconder una profunda incapacidad para desprenderse del protagonismo. Hay quienes no saben ausentarse, no saben delegar y no saben decir que no, porque han terminado convencidos de que si ellos no están, nada puede funcionar. Y, en ocasiones, esa necesidad de presencia permanente no responde únicamente al compromiso, sino también a la búsqueda de reconocimiento, de poder o de una relevancia que fuera de la hermandad no encuentran. Cuando la cofradía se convierte en la única fuente de autoestima, cualquier distancia se vive como una amenaza. Cuando toda la identidad se deposita en un cargo, en una posición o en un grupo, perderlo puede sentirse como perderlo todo. Y entonces aparecen el resentimiento, las luchas, las guerras internas y las tragedias personales que tantas veces nacen de haber olvidado que ninguna hermandad, por importante que sea, puede ocupar el lugar de la propia vida.

Quizá convendría, por tanto, recuperar algo tan elemental como la coherencia. Diversificar no significa amar menos; repartir el tiempo no significa traicionar ninguna pasión. Una hermandad puede ser una parte esencial de la vida sin convertirse en su totalidad. Se puede servir intensamente a una corporación y, al mismo tiempo, cuidar a la familia, cumplir con el trabajo, cultivar amistades, disfrutar del ocio, viajar, leer, descansar y permanecer en silencio sin que nadie tenga que interpretar esa ausencia como una falta de compromiso. Porque el verdadero equilibrio no consiste en conceder a todo exactamente el mismo número de horas, sino en dar a cada dimensión de la existencia el espacio que razonablemente merece. La familia no debería recibir las sobras del tiempo que deja la hermandad. El trabajo no debería convertirse en una molestia que interrumpe la próxima reunión. El descanso no debería contemplarse como una pérdida de productividad cofrade. Y la propia persona no debería terminar desapareciendo detrás del cargo que ocupa. Séneca tenía razón: no es que tengamos poco tiempo, sino que con frecuencia lo desperdiciamos, lo entregamos sin medida o lo dejamos escapar en actividades que terminan ocupando más espacio del que deberían. La vida es demasiado valiosa para reducirla a una sola pasión, por muy hermosa que sea. Y quizá una de las mayores pruebas de madurez consista precisamente en comprender que amar una hermandad no exige renunciar al resto del mundo. Al contrario: una persona más plena, más equilibrada y más feliz será también, probablemente, un hermano más generoso, más sensato y más capaz de servir a los demás. Porque ninguna cofradía debería exigirnos que dejemos de vivir para demostrar que la amamos.