La iglesia de San Lorenzo, donde habita su Virgen de la Palma y a unos cientos de metros de donde observaba desde la distancia el Nazareno de San Andrés, ha sido testigo de la emocionada despedida de David Piqueras, un hombre cuya desaparición, por angustiosa e inesperada, tuvo en vilo desde el mismísimo momento de producirse a toda la ciudad de Córdoba. Una angustia que terminó derivando en tristeza y desconsuelo por mor del triste desenlace.
Desde primera hora de la tarde los alrededores del templo fernandino se inundaron de mucha gente de Cofradías, fundamentalmente miembros del mundo del costal que no quisieron dejar de estar presentes en una cita en que hubo lugar para el recuerdo, en forma de recuperación de la memoria sentida y vivida y la oración sincera por su alma y los suyos, que sintieron en todo momento, cómo eran arropados por todos aquellos que querían a David.
El templo estuvo repleto de costaleros, de una amplísima representación de miembros de las cuadrillas de la Virgen de la Palma y de Jesús del Buen Suceso, equipos de capataces, músicos de diversas bandas y miembros de diversas juntas de gobierno para despedir a «un costalero devocional, comprometido y cumplidor, que debajo daba todo lo que tenía» como bien recordaba uno de los capataces que le tuvo a sus órdenes, en una ceremonia cuya lectura fue dicha por un emocionado Paco Figueroa, hermano mayor de la Entrada Triunfal y en la que Rafael Rabasco, párroco de San Lorenzo ha recordado que «la vida es muy corta y solo es un paso para estar en el paraíso» antes de subrayar que «todos sentimos esta muerte injusta».
Así ha sido la última chicotá de David Piqueras, una chicotá sentida, emocionada, vivida con especial intensidad y que con total seguridad será recordada por todos los presentes, por los que lo quisieron y por los que han sentido con especial énfasis su pérdida. Una chicotá cuya lenvantá ha comenzado en el corazón de su gente y ha concluido a las mismas puertas del Cielo.





