La Virgen de la Concepción en el corazón de la cristiandad

Ha sido una imagen recurrente, que se ha repetido en varias ocasiones en este periodo estival que se nos escapa de las manos. Estampas con la efigie de los Titulares del Prendimiento, la Sentencia, la Macarena o la Paz se han entremezclado con el destino de vacaciones del propietario de la fotografía, generalmente personaje anónimo que claudica del protagonismo que suele ir aparejado a este tipo de instantáneas para concedérselo a quienes ocupan un lugar de privilegio en el atar de sus más íntimas devociones.

Ahora, cuando el mes de septiembre camina poderoso camino de la más rotunda reanudación de la absoluta cotidianidad, una nueva fotografía resuena poderosa en las pupilas del receptor. Una imagen de una de las bellezas insustituibles de la Semana Santa de Córdoba, María Santísima de la Concepción, la dulcísima dolorosa que reina en el corazón sentimental del barrio de Santiago, desde donde sale a la calle cada Domingo de Ramos para precipitarse en el corazón de quienes la buscan y de quienes la encuentran.

Una nueva escena de Ella, en el corazón mismo de la cristiandad, la Plaza de San Pedro, lugar al que ha peregrinado el joven cofrade Antonio Camargo, “hermano de las Penas de Santiago y nazareno de Concepción”, como él mismo se define, quien, acompañado de un grupo de devotos y amigos que se conocieron durante el mandato de Antonio Varo al frente de la corporación cordobesa, que realizan todos ellos estación de penitencia cada Domingo de Ramos formando parte del cortejo que con su cirio alumbra la mirada de la dolorosa de Juan Ventura, han viajado al Vaticano aprovechando su periodo vacacional para asistir este miércoles a la audiencia papal, “una idea que teníamos en mente desde que nos conocimos gracias a María Santísima de la Concepción y que por fin materializaremos en este viaje”.

Una fotografía cargada de un profundo simbolismo y un extraordinario significado y al mismo tiempo, un sueño cumplido que estos hermanos de las Penas han querido convertir en realidad llevando consigo la presencia eterna e infinita de la Virgen de la Concepción, la misma que ocupa un lugar permanente entre sus oraciones diarias y entre sus pensamientos.