La prolongada devoción y la característica estética del Santísimo Cristo de las Mercedes ponen de manifiesto la irrefutable antigüedad del crucificado, cuyos estudios sitúan su ejecución entre finales del siglo XIII y principios del XIV, convirtiéndose así en la talla más remota en el tiempo de cuantas existen en la hermosa ciudad de Córdoba.
La tradición narra cómo el Santo Cristo fue rescatado por el célebre mercedario Fray Juan de Granada, quien, según se hizo saber, salvó al crucificado tan solo unos instantes antes de que éste fuese arrojado al fuego prendido en la Plaza Mayor de Antequera, hecho que se produjo durante la ocupación musulmana. A raíz de aquel significativo momento, el Cristo de las Mercedes se convirtió en el centro de un fervor que afloraba de forma especial en tiempos de crisis.
El popular Cristo de San Álvaro, por su parte, se encontraba estrechamente vinculado a la particular vida religiosa del beato. Esto pudo, a su vez, ser precisamente lo que fomentase en gran medida las conmemoraciones pasionistas en la sociedad de la Córdoba del siglo XV.
De la mano de sendos crucificados nos adentramos en la tradición cordobesa, centrada en la iconografía de Cristo muerto en la cruz. Costumbre que nos conduce, inevitablemente, al Santísimo Cristo de las Penas, de notable hieratismo que, con la llegada de las magníficas imágenes de la Virgen de los Desamparados y San Juan Evangelista, de línea neobarroca, cobró un renovado protagonismo dentro de nuestra Semana Santa.
Con el crucificado de la Parroquia de Santiago – al que vemos en la fotografía adjunta sobre el paso que realizase para Él el escultor cordobés Ricardo Castillo Gutiérrez – se evidencia ese profundo e íntimo sentimiento religioso, antaño reservado para el interior del templo, donde los fieles acudían para sumirse en la soledad de sus pensamientos y plegarias.

La arcaica anatomía del Cristo de las Penas revela, sin más preámbulos, el origen gótico de la talla, cuya hechura ha hecho que muchos a lo largo del tiempo situasen su creación en el siglo XIII. No obstante, análisis posteriores – algunos de los cuales coincidían en ver tras las características de la imagen un origen francés – fomentaron que las teorías apuntasen a que el proceso de ejecución del Santísimo Cristo se retrasase ligeramente. Así sería más fácil explicar la presencia de una serie de rasgos perceptibles en otros crucificados más tardíos, entre los que cabe destacar los matices más suaves y dulcificados que pretenden dar prioridad a la idealización y la belleza frente a los acusados signos de dolor.
Por su parte, las formas del torso del Cristo de las Penas reafirman, una vez más, esa marcada solemnidad y gravedad de la imagen. A pesar de ello y en contraste, se dan en la imagen otros rasgos más propios de aquellos crucificados realizados ya avanzado el siglo XVI. El Santísimo Cristo yace con la cabeza inclinada hacia el lado derecho, con la espesa melena cayendo sobre su espalda a excepción de un único mechón de cabello que se desplaza por el pecho del crucificado. Además, el realismo impreso sobre el paño de pureza recuerda, como señalaba Laguna, al del crucificado del Hospital de Jesús Nazareno, tallado alrededor de un siglo más tarde. La llamativa corona de afiladas espinas, por su parte, está trenzada con dos únicas ramas, característica propia de los crucificados locales pertenecientes al movimiento manierista.
Volviendo tanto al cabello como a la expresión del querido y valioso titular de la Hermandad de las Penas, cabe señalar, asimismo, la esmerada anatomía de las piernas y los brazos, especialmente si tenemos en cuenta que su estudio no encaja, en absoluto, con las consabidas cualidades de la técnica gótica. Esto nos lleva a pensar que, posiblemente, el Santísimo Cristo de las Penas, fue realizado en torno al año de 1400, siendo posteriormente sometido a ciertas modificaciones – de cuya fecha no existe documentación – considerablemente relevantes, con las que, suponemos, se pretendía acercar a la talla a la moda que comenzó a imponerse en el siglo XVI.
Si tenemos en cuenta las primeras referencias históricas que se conservan en relación con la imagen más antigua de la Semana Santa cordobesa, que apuntaban al Santísimo Cristo de las Penas como el que, durante un determinado período histórico, fuese el denominado Cristo de la Sangre, esas alteraciones podrían justificarse con esa nueva advocación y, por ende, con el nacimiento de la cofradía de la que era titular y cuyos primeros documentos, al menos hasta donde se ha podido saber, datan del año 1564.





