Sevilla estaba esperando la fragancia primaveral que envuelve las tardes de un olor único y destinado a un sueño idílico. El azahar estaba todavía en su esplendor y las jacarandas esperando las órdenes para florecer. La tarde estaba preparada para ser perfecta, y por San Julián sonaba ‘Azul y Plata’.
Azul en el cielo inmaculado de la ciudad y plata alrededor de la Hiniesta Gloriosa. La antigua y venerada imagen fue la encargada el pasado fin de semana de presidir el Pregón de la Glorias que este año ha pronunciado Juan Manuel Labrador. Su traslado fue un acontecimiento histórico para los hermanos de esta cofradía del Domingo de Ramos y una cita única para los cofrades de Sevilla que necesitaban a María en la calle.
Cuando la Semana Santa cae temprano como este año, entre las últimas tardes de marzo y los primeros amaneceres de abril, los sevillanos tienen un vacío profundo en lo más adentro de su ser. Necesita el aire cálido de la tarde para amortiguar el dolor de la despedida. Este hueco lacerante es digno de un estudio sociológico. Cómo tantas personas a la vez pueden perder una parte esencial del alma. La primavera te la quita y unos días más tarde te la devuelve, secando lágrimas y acercando sonrojos.
Nos dolió esta Semana Santa que fue más invernal que primaveral. Fue como nada hubiera pasado. Porque los encuentros con la Virgen se recuerdan con aires agradables y cálidos. Sin embargo, ya atrás se dejaron los abrigos para remangarse las camisas. Las muchachas recibían un mejor aire y tenían mejor color, las marchas eran más frescas y el incienso más potente.
Las Glorias nos dejan lleno de agrado y nos devuelve aquello que perdimos o lo que nunca tuvimos. Lo que no supimos alcanzar en la Semana de Pasión o el recuerdo que tanto perseguimos. El traslado de la Hiniesta Gloriosa fue el recuentro con amigos para recordar las maravillosas noches de marzo. Pero lo más importante, fue el reencuentro con María.
Mayo nos devuelve la emoción y el tacto de un beso. Perfora el corazón para que alce el vuelo y se eleve con el aire. Los vencejos nunca fueron tan hermosos y los atardeceres tienen ahora el trazo de un óleo perfecto. Perderemos el azahar pero ganaremos momentos que nos trasladan a la infancia. Mayo nos ha devuelto a María. Y todo el mundo sabe apreciarlo. Se nota en el ambiente, en las miradas, en las calles. Abril comenzó con un dolor glorioso, con el sabor amargo de la despedida. Fue un tránsito de abstinencia para desembocar en un mayo primaveral que tiene el sabor del re-enamoramiento.
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