Menos melodrama y más iniciativa

Ralph Waldo Emerson decía que la vida es una serie de sorpresas. Y no le falta razón. Este año 2020 ha sido así.

Nadie podía imaginar hace 12 meses que nos quedaría más de 60 días en casa, que el teletrabajo se impondría al empleo físico en la oficina o que tendríamos que el gel y la mascarilla se harían elementos realmente indispensables en cada trayecto.

Realmente la vida es una auténtica incógnita, pero el hecho que se produjo ayer no se puede meter, para nada, en el mismo saco.

El todavía Arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, proclamó casi a primera hora de la mañana la sentencia por todos conocida: no habrá Semana Santa 2021. La noticia estalló como la pólvora en redacciones de periódicos, páginas webs, estudios de radio e informativos de televisión. Medios locales y nacionales se hicieron eco de la tremenda primicia.

Es evidente que la decisión adoptada por las administraciones municipales ha ocupado la actualidad del 29 de diciembre de 2020, pero sinceramente no es ninguna sorpresa. Desde el mes de junio se ha instaurado un clima de pesimismo y tristeza en la Presidencia del Consejo de Hermandades, el Arzobispado o el propio Alcalde de la ciudad junto con el Delegado de Fiestas Mayores. Estaba claro que el desenlace no podía ser otro que la suspensión, por coherencia y responsabilidad.

Hace apenas 9 meses cambió nuestra rutina por la presencia de un maldito virus que aún nos acecha en busca de nuevas presas con las que alimentarse. Era una situación peligrosa y totalmente incontrolada. Aún así, todos pecamos de valentía y estábamos convencidos de que se celebraría la Semana Santa de 2020. Su cancelación supuso un varapalo tan gigante como inesperado. Hacía casi un siglo que no se daba una situación así.

Pero el escenario que se nos presenta ahora es muy distinto. Tenemos mucha más información de la epidemia, y también ha pasado suficiente tiempo para hacernos a la idea de que la primera mitad de 2021, como poco, no va a cambiar demasiado en comparación al panorama presente. Y ello conlleva la anulación de cualquier evento que aglutine personas.

No comprendo el dramatismo exagerado por esta segunda cancelación de los desfiles procesionales. Es más, me parece una sincera pérdida de tiempo. Las hermandades y los cofrades, en lugar de lamentarse, habrían de buscar nuevas fórmulas de financiación, porque eso si que va a suponer un problema a medio plazo. Sin Semana Santa, no hay subvención del Consejo, por segundo año. Y sin ella, muchas corporaciones se quedan sin ingresos.

La opción más oportuna es aprovechar parte del patrimonio que atesoran nuestras cofradías y programar muestras permanentes en iglesias, comercios, centros cívicos o salones de exposición. El acto presentado por el Consejo de Hermandades esta mañana es una prueba estupenda, pero no debe quedarse solamente ahí. Las Cofradías deben adaptarse a las circunstancias para sobrevivir, y eso implica una explotación infinitamente mayor de su riquísimo ajuar.